La sociedad es una recreación continua de situaciones competitivas. En los exámenes se compite por quién explica mejor las cosas, las ha memorizado mejor o es más eficaz aplicando fórmulas interminables. Enchufismo aparte, en la selección de personal son decisivos los currículos, las pruebas y las entrevistas, que clasifican teóricamente a los candidatos según aptitudes y talento. Pero el mundo por excelencia de números, competencia y clasificaciones continúa siendo el deportivo. Para Ayrton Senna sólo importaba ser primero porque, según defendía, el segundo era el primero de los últimos. Una observación que seguramente provocaría una sonrisa en Yauheni Hutarovich (Minsk, Bielorrusia, 1983). “¿Y el último de los últimos?”, preguntaría el corredor del Française des Jeux, que ha sido el peor clasificado el año de su debut en el Tour de Francia. El bielorruso tardó 4 horas 16 minutos y 27 segundos más que Alberto Contador en completar el recorrido y como es tradición se llevó como premio la lanterne rouge (linterna roja, algo así como el farolillo rojo). El Tour es de las pocas pruebas en las que se conoce y se valora la identidad de quien tiene el peor registro. No es moco de pavo acabar una competición de 21 etapas, y el buen humor nunca sobra.
Hutarovich no se tomó mal su puesto e incluso durante la última etapa se le vio bromear con Contador. Una iagen de contrastes extremos, con el campeón y peor clasificado juntos. Para este sprinter bielorruso fue una sorpresa llegar a París como último, pues Kenny Robert van Hummel (Elden, Holanda, 1982) le llegó a sacar casi 45 minutos de ventaja. Hasta que el corredor del Skil-Shimano tuvo que ser evacuado en la 17ª etapa (Bourg Saint Maurice - Le Grand Bornand). Esa tarde Hutarovich recuperó la última plaza, que ya había ocupado tras las dos primeras jornadas. Su mejor recuerdo del Tour son dos etapas decididas al sprint: fuetercero en Saint Fargeau y quinto en los Campos Elíseos. En ambos casos ganó Mark Cavendish, inalcanzable para todos.
Dos triunfos en la Vuelta a Burgos
2009 no está siendo un mal curso para Hutarovich, al que se le dan bastante bien las pruebas cortas. Ha obtenido cinco victorias en ese tipo de competiciones: dos en el Tour del Mediterráneo y una en el Circuito de Lorraine, el Tropical Amissa Borgo y en el campeonato nacional en ruta de Bielorrusia, del que se ha proclamado campeón por segundo año consecutivo. En 2008 Hutarovich destacó especialmente en España y concretamente en la Vuelta a Burgos, en la que se impuso en dos etapas –también ganó una etapa en Flandes Occidental–. En 2007, en su periplo en el Roubaix Lille Metropole, se impuso un día en el Tour de Poitou Charentes, mientras que 2006, con el U.V. Aube,Circuito de Ardennes. obtuvo dos triunfos en el
Retirado el curso pasado y entretenido en la granja familiar, el belga Wim van Vansevenant es quien ha quedado más veces último en el Tour, desde 2006 a 2008. Daniel Masson (1922 y 1923) o Jimmy Casper (2001 y 2004) fueron los peores en dos ocasiones. y cuatro españoles lo han sido una vez: Herrero Berrendero(1960), Fernando Quevedo (1992) y los hermanos Flores, Igor en 2002 e Íker en 2005. Como ya comentamos en los inicios de Cronómetro de Récords, en la web Tour de France. Lanterne Rouge se homenajea a los últimos clasificados de cada edición de la ronda francesa. A los que, como Hutarovich, disfrutan de la gloria al revés.
Como la propia vida, la historia del fútbol está repleta de engaños y amaños. De goles que se celebran en un despacho antes que en el campo, jugadores que se revuelcan por el césped para justificar que el contrario les ha hecho una entrada de expulsión o vitaminas que aumentan la resistencia y minimizan el esfuerzo. Los pactos, las trampas y el dopaje adquieren relevancia en cuanto el fútbol pierde la categoría de puro divertimento y se convierte en negocio absoluto. En el Mundial de Italia 90 Carlos Bilardo, entonces seleccionador argentino, preparó un bidón adulterado para el brasileño Branco. Cuatro años antes Maradona, con su Mano de Dios contra Inglaterra, había despertado tanta admiración por la picardía (guerra de las Malvinas aparte) como rechazo por la estafa. Una jugada que en tiempos de aparatos precisos como el ojo del halcón en tenis sólo sería sancionada en campeonatos como el italiano si quedase impune durante el encuentro: Gilardino fue castigado con dos partidos por marcar con la mano y Adriano tuvo la misma sanción por simular un penalti. El Calcio es también de los pocos que ha perseguido y castigado a los que se dopan. Ninguno de estos sucesos es comparable a la pantomima protagonizada por Roberto Cóndor Rojas (Santiago, Chile, 1957) una noche de 1989. Probablemente representa el mayor fraude de la historia del fútbol profesional.
Apodado Cóndor por su gran capacidad de salto, Roberto Rojas tenía un presente inmejorable: estaba considerado el mejor portero chileno (para muchos el número uno mundial) y su llegada a Europa parecía inminente. Incluso se rumoreó que había firmado un preacuerdo con el Real Madrid. Pero sus expectativas y su carrera (había jugado en Colo-Colo entre 1983 y 1987, con el que ganó dos Ligas y una Copa chilena, y en ese momento defendía la camiseta del Sao Paulo, con el que había levantado dos campeonatos paulistas) acabaron para siempre en Maracaná el 3 de septiembre de 1989, en un Brasil-Chile. El último partido del grupo 3 de la zona sudamericana en el que se decidía cuál de las dos selecciones se clasificaba para el Mundial que Italia organizaba el año siguiente.
Los brasileños, a los que les bastaba un empate para lograr el objetivo, se adelantaron con un tanto de Careca en el minuto 49, pero 20 después lo extradeportivo acabó relativizando la eliminatoria: una aficionada lanzó una bengala desde tribuna. Cuando las cámaras enfocaron la portería chilena Cóndor estaba en el suelo con los guantes en la cara. Se movía de un lado a otro desesperado. La bengala le había herido. El teatro tan sólo acababa de empezar.
'Cóndor', con las manos en la cara: l'a farsa continúa.
Un artilugio de la Marina
Millones de telespectadores de todo el mundo asistieron a la escena: jugadores de los dos equipos rodearon al portero, mientras el árbitro argentino Juan Carlos Loustau prefería mantenerse al margen –“me dio la sensación de que la bengala no había alcanzado a Rojas... Ese día me sentí muy mal, porque siempre había confiado en los jugadores”–. Finalmente los chilenos se llevaron en brazos a los vestuarios a su compañero, que sangraba mucho. Y convencidos por el seleccionador Orlando Aravena, no volvieron a saltar al campo. El encuentro sería suspendido poco después y esa misma noche la Embajada de Brasil en Chile fue apedreada. Las autoridades chilenas pidieron que el encuentro se resolviese en terreno neutral, pero la FIFA dio como vencedores a los brasileños y organizó un juicio en Zúrich, en el que Brasil presentó todo tipo de pruebas que demostraban que la bengala no había alcanzado a Cóndor. Incluso desde la propia empresa fabricante de la bengala, que curiosamente tenía el mismo nombre que el apodo del portero, se especificó que era un artilugio que utiliza la Marina como señalizador que alcanza los 80 metros de altura y que de la cápsula de aluminio que se separa en el aire sólo sale humo y fuego. Roberto Rojas presentaba un corte importante en la cara. No había dudas: era un farsante y fue suspendido para siempre de la práctica del fútbol. Su carrera había terminado y ni tan siquiera se atrevió a ratificar que la bengala le había herido.
Los efectos colaterales fueron duros para Chile, que en el primer informe realizado el día del partido aseguraba que la herida del portero era consecuencia de la bengala. La selección chilena no podría participar en las eliminatorias para el Mundial de 1994. Una de las mejores generaciones de futbolistas perdería una gran oportunidad de hacer historia. Mientras, los presuntos cómplices del complot también fueron castigados individualmente: el técnico Aravena nunca más pudo participar en encuentros internacionales y estuvo inhabilitado durante cinco años en Chile; Fernando Astengo, segundo capitán de la selección, no jugó los cinco cursos siguientes y el médico Dani Rodríguez jamás pudo ejercer en el fútbol por haber falsificado informes; la sanción para el kinesiólogo Alejandro Kock y el utilero Nelson Maldonado fue de un año.
La famosa entrevista publicada en el diario 'La Tercera'.
“Yo me corté en el Maracaná”
En Suiza se supo parte de la verdad, pero aún faltaban la confesión de rigor y las explicaciones de Roberto Rojas, que llegaron, a medias, meses después. “Yo me corté en el Maracaná”, confesaría Cóndor en mayo de 1990 al periodista de La Tercera Orlando Escárate, cansado de que sus ex compañeros le señalaran como único culpable. Según explicó Cóndor entonces tenía un bisturí vendado escondido en los guantes y en cuanto vio la bengala se autolesionó. Dos días antes del partido había pactado con el segundo capitán de Chile, Fernando Astengo, retirarse “a la primera cosa rara que pasara”. “Si le pasaba algo a él, el equipo lo retiraba yo. Si me pasaba a mí, lo hacía él. No teníamos clara la forma en que este acuerdo debía operar”, añadió. Una versión que matizó en 2002 en el programa de TV Testigo ocular: “Nunca tuve un acuerdo con Astengo. Sólo le conversé, porque él parece que no me habló, que si pasaba alguna cosa, había que retirarse. Pero yo le dije que no se preocupara, que yo me preocupaba del asunto...”.
En 1990 Roberto Rojas aseguró que el kinesiólogo Alejandro Kock también había participado en el engaño: “En el vestuario me pasó un bisturí forrado con tela adhesiva del que sólo quedaba un centímetro al descubierto”. Una versión opuesta a la que expuso en Testigo ocular, en el que subrayó que él mismo había pedido el bisturí “a la parte médica del hotel Atlántico Sur, donde estábamos concentrados”. En el programa del Canal 13 el ex portero no mencionó a otro de los implicados, el utilero Nelson Maldonado, de quien dijo que le había guardado los guantes 15 días tas el incidente. “Siempre conoció la verdad, igual que Astengo, así es que no puede declararse ‘engañado’ ahora. Distinto es el caso de Orlando Aravena (el seleccionador). No conocía nuestro acuerdo ni la existencia del bisturí”. Nunca se sabrá toda la verdad, si Cóndor fue premiado por terceros o si el complot se redujo a desbancar a la omnipotente selección brasileña como fuera.
La seguidora que lanzó la bengala posó desnuda en Playboy.
La fama de la aficionada
La bengala perjudicó a la imagen de Chile, sirvió de excusa perfecta para el complot del propio protagonista y acabó por premiar a Rosenery Mello Nascimento Barcelos Da Silva, la joven de 24 años que trabajaba en una compañía eléctrica que lanzó el artilugio. En el documental Informe Especial 1989. Caso Rojas confiesa que compró el artilugio en la entrada de Maracaná y que no tuvo que pagar multas. De hecho, incluso ganó dinero: fue portada del Playboy brasileño y se convirtió en La Fogueteira.
“Tuve problemas en mi casa con mi mujer, mis compañeros me dieron la espalda... pero si yo hubiera sido argentino, uruguayo o brasileño no estaría suspendido. Como soy chileno no me dieron la posibilidad de reivindicarme”, lamentó Cóndor, que fue acogido como entrenador de portero en su equipo de entonces, el Sao Paulo, a quien entrenaría en 2003 y clasificaría para la Libertadores, un hecho que hacía diez años que no ocurría. En 2007 dirigió durante once partidos al Guaraní paraguayo.
“Me corté con una Gillette y la farsa se descubrió. Fue un corte a mi dignidad”, llegó a decir Roberto Rojas. Su error inicial fue pertenecer al gremio de los guardametas, colectivo castigado por los fallos y casi ignorado cuando salva goles. Moacyr Barbosa es el ejemplo llevado al extremo de ese ingrato rol. El primer portero negro de la selección brasileña jamás fue perdonado por encajar los dos goles del uruguayo Ghiggia y perder en casa la final del Mundial de 1950. “En un país sin cadena perpetua sólo yo estoy condenado de por vida”, analizó años después Barbosa, el culpable popular del famoso Maracanazo. A su entierro sólo acudieron 30 personas: ni una vez muerto encontró el perdón. Un perdón que hace cinco años sí obtuvo Cóndor en el partido de despedida del fútbol de su compatriota Iván Zamorano. El Estadio Nacional de Chile le ovacionó cuando el speaker leyó su nombre en el combinado de estrellas mundiales y durante los 20 minutos que jugó. “No lo esperaba… Ni tan siquiera pensaba jugar. Es lo bonito del fútbol. Creo que las cosas positivas en mi carrera son más importantes que las negativas”, dijo emocionado, aparcando por momentos su surrealista actuación en el mismo escenario en el que Barbosa fue condenado para siempre: el Maracaná de Río.
Pasa bastante desapercibido allí donde va. Pocos le piden un autógrafo a este ciclista con estética de estrella de rock y apellido largo. Esporádicas son las veces que los periodistas entrevistan a WimVansevenant (Dixmude, Bélgica, 1971). Su trayectoria está alejada de los éxitos, los pósters en la pared y los elogios. Como tantos otros, Vansevenantforma parte del otro Tour de Francia. Es un superviviente anónimo con una historia peculiar. Por segundo año consecutivo, el corredor belga ha sido el último en París. Algo que no ocurría desde 1980.
Siempre se ha asociado llegar el último a la meta con la frustración y el fracaso. Siempre se ha descrito como el resultado de los mediocres. Desde luego, WimVansevenant (Predictor-Lotto) no piensa lo mismo. Se tomó su resultado, el 141º a 3h.52'54''del campeón Alberto Contador, con mucho sentido del humor e ironía. Se agenció una linterna roja clásica, el símbolo de los últimos, y se mezcló entre el pelotón en la etapa del epílogo del Tour. Rodó varios metros con el curioso aparato y se llevó la ovación de sus compañeros.
JimmyCasper
Era la segunda vez que Vansevenantllegaba a París como el último del Tour. En 2006 también había aparecido en la capital de Francia como farolillo rojo (140º a 4h.00'21'' del sancionado Floyd Landis), con tan sólo 16 segundos más que el francés JimmyCasper, que a punto estuvo de convertirse en el corredor que más veces quedaba último en la ronda francesa. Acumulaba dos (2001 y 2004).
El currículum de Casperes modesto en grandes vueltas (un triunfo en la primera etapa del Tour de 2006) e interesante en las discretas, con etapas en Alemania,Dinamarcay Bélgica o el triunfo final en el Tour de Picardiedel año pasado.
El ciclista galo es protagonista, junto a Baden Cooke, de la películaWiredtoWin: SurvivingtheTour de France (Atado al alambre para Ganar: Sobrevivir al Tour de Francia), que se proyectó en el IMAX del Museo de la Ciencia OmniTheater de Boston. Es un reportaje humano de 45 minutos, filmado durante la edición de 2003, en el que los dos corredores explican anécdotas y cuál es el secreto para concluir una de las pruebas deportivas más duras.
Un blog peculiar
Navegando por Internet encontramos un blog peculiar: Tour de France. LanterneRouge(http://tdflr.blogspot.com). En este espacio, escrito por NancyToby,una triatleta aficionada que vive en Maryland (EEUU), se habla de los últimos de la ronda francesa. Como de Vansevenant, que concluyó la 94ª edición del Tourigualando la marca de 1980 del austríaco GerhardSchönbacher: dos farolillos rojos consecutivos. Pero Vansevenant no pudo repetir la enorme progresión de Schönbacher, que pasó de perder 4h.19'21'' con el ganador Bernand Hinault en 1979, a 2h.10'52'' con respecto al triunfador un año después, Joop Zoetemelk. El otro precedente data de los primeros años de la ronda gala. De las noches de pedaladas. El francés DanielMasson participó en cuatro ocasiones y fue lanternerougelas dos veces que acabó el recorrido. En 1922, cuando ganó la 11ª etapa (Briançon-Génova) y la 12ª (Génova-Estrasburgo), y en 1923.
Curiosa es también la historia de los hermanos Flores. En 2002 Igor, que tuvo que acudir a última hora al Tour, acabó último, no fue renovado por el EuskaltelEuskadi y se retiró. Tres años después, en 2005, fue su hermano el farolillo rojo, con más de diez minutos más que un tal WimVansevenant. "Ser el último te beneficia más que ser penúltimo. Así eres más conocido", bromea el corredor belga, que hace una semana quedó segundo en la DernycriteriumWilrijk. Ellos son la otra mirada del Tour de Francia.
Apenas le costaba aprender las cosas. Enseguida asimilaba y mejoraba aquello que observaba o le explicaban. Jim Thorpe (Prague, Oklahoma, 1888-Lomita, California, 1953) ha sido, posiblemente, el deportista más completo de la historia. Pero las circunstancias, una decisión tan primitiva como absurda, le impidieron tener un currículum, un palmarés, coherente con su talento.
Wa-Tho-Tuk (Sendero Brillante) era el nombre de este indio americano al que sus padres llamaron así porque durante su nacimiento un gran rayo de sol iluminó el cielo. Desde pequeño, Jacobus Franciscus "Jim" Thorpe -como aparece en el certificado de bautismo-, vivió entre varias culturas. Su padre, Hiram, tenía un progenitor irlandés y una madre india. Mientras que Charlotte, su madre, se había criado con un francés y una nativa.
Con 24 años, Thorpe, fue la gran estrella de primeros Juegos Olímpicos modernos, los de Estocolmo de 1912. El gran triunfador de la primera cita olímpica con superávit económico y en la que se estrenó un gran invento, la foto-finish. El atleta ganó el decatlón (récord mundial incluido: 6756 puntos) y el pentatlón (se impuso en cuatro de las cinco pruebas). Además, finalizó cuarto en salto de altura y séptimo, en el de longitud. "Es usted el mejor atleta de la historia", le dijo el rey de Suecia Gustavo V.
El artículo
Todo cambió en unos meses. A finales de enero de 1913, el periodista Roy Johnson, del diario Worcester Telegram de Massachussets, publicó que Thorpe había pecado, que su pasado no era el correcto. El atleta había cobrado 24 dólares por semana por jugar al béisbol durante dos temporadas en el Rocky Mount de Carolina del Norte. Por aquel entonces el deportista olímpico no podía ganar dinero practicando disciplinas.
"No lo hice con ánimo de lucro, sólo para disfrutar", se defendió Thorpe. Explicaciones que no convencieron a la American Amateur Union, que le inculpó. Nadie le ayudó, los benefactores desaparecieron. Se había convertido en un simple tramposo. "Sólo soy un estudiante indio que desconoce semejantes cosas. No sé qué he hecho mal, ya que otros compañeros hicieron lo mismo, pero no se incribieron con su propio nombre...". Más ironía, imposible.
Thorpe fue obligado a devolver sus medallas, pero los dos subcampeones, el sueco Hugo Weislander y el noruego Ferninand Bie, nunca las aceptaron. Ambos nunca se consideraron ganadores de aquellas pruebas, por mucho que los libros dijesen lo contrario.
Vida marcada por las desgracias
No tuvo suerte tampoco Thorpe en su vida personal. Su hermano gemelo Charlie, su mejor amigo, murió cuando tenía entre ocho y diez años. Jim nunca superó su pérdida: se descentró aún más en los estudios, que nunca le interesaron, y se escapó del colegio varias veces. Su padre, Hiram, le apuntó en la Haskell Indian Nations University de Lawense Kansas, donde sí que fue feliz. Aunque sólo hasta que otra desgracia le condenara: su madre también falleció.
Jim discutió con su padre y se fue de casa para trabajar en un rancha de caballos. En 1904 hizo las paces con su progenitor y se incorporó a la Carlisle Indian Industrial School, en Pennsylvania, donde empezará a jugar a fútbol americano. Pero, de nuevo, más malas noticias: Hiram muere en un accidente y Jim abandona la escuela y vuelve a su anterior ocupación.
Pero Thorpe necesitaba hacer lo que más le gustaba. Añoraba los deportes. Por eso en 1907 regresó a Carlise e inició su carrera atlética, que compatibilizó con otras disciplinas como fútbol americano, béisbol, baloncesto y lacrosse. Incluso se apuntó a bailes de salón.
Ídolo del fútbol americano
En poco tiempo, Jim Thorpe, ya universitario, se convirtió en uno de los iconos del deporte amateur estadounidense. Del fútbol americano, su deporte favorito. Como runningback era capaz de esquivar los placajes por velocidad e, incluso, por potencia. También podía lanzar y capturar pases con precisión. En 1912 logró el título nacional con unos números excelentes: 25 touchdowns y 198 puntos en una temporada de sólo 12 partidos. "Nadie podía pararle", recordó en más de una ocasión su entrenador Pop Warner.
Thorpe, de nuevo, pasó de la gloria al ostracismo. Celebró sus éxitos en Estocolmo y vio cómo le retiraban sus premios, las medallas. A pesar de que la reclamación no se produjo dentro de los treinta días estipulados, el COI procedió con la sanción.
Jugando a fútbol americano Thorpe recuperó la autoestima y, además, logró un importante capital. Sobre todo tras el contrato que firmó con los Canton Bulldogs, que le pagaron ¡250 dólares por partido! Cualquier esfuerzo parecía poco para ganar la Liga de Ohaio, la competición por excelencia entonces.
No defraudó Thorpe, que lideró a su equipo hacia la consecución del trofeo. Un premio que los Bulldogs lograrían también en 1917 y 1919. El fútbol americano no paraba de progresar, los jugadores continuamente cambiaban de ingresos y cobraban más... Hacía falta fundar una Liga. Así, el 17 de septiembre de 1920 nacía la American Profesional Football Association -el precedente de la NFL-, que eligió al propio Thorpe como primer presidente.
Jugador de béisbol
En 1921, Thorpe dejó los Canton para fichar por los Cleveland Tigers, donde no pudo triunfar. Como tampoco en el resto de sus equipos: Oorang Indians -formado íntegramente por indios americanos-, Rock Island Independents, ni en su retorno a los Bulldogs ni con los Chicago Cardinals -en 1928, con 41 años-.
El béisbol también ocupó el tiempo de Thorpe, que jugó con los New York Giants (1913-15 y 1917-18), Cincinnati Reds (1917) y Boston Braves (1919) de la MLB. También capitaneó el equipo de baloncesto “Jim Thorpe y sus famosos Indios”, que recorrió varias ciudades estadounidenses entre 1927 y 1928.
La ruina
Thorpe se retiró en 1928 y fue, como gran parte de los estadounidenses, víctima de la Gran Depresión de 1929. Se arruinó y pasó por muchos trabajos diferentes, ocupaciones que aún le frustraron más. En 1951 se estrenó Jim Thorpe: All American (el declive de un campeón), un film protagonizado por Burt Lancaster y dirigida por Michael Curtiz. Thorpe no ganó nada, ya que había vendido, en 1931, los derechos a la MGM (Man of Bronze , Hombre de Bronce).
"¡Devuélvanme mis medallas! ¡Quiero mis medallas!". Ésa fue la eterna reivindicación de Thorpe, que como otros genios murió, en 1953, arruinado, solo y olvidado. Los reconocimientos le llegaron cuando no estaba: entró en el Salón de la Fama en 1963, y la Associated Press le nombró mejor atleta de la primera mitad de siglo y, después, tercer mejor deportista del XX. Pero sólo se hizo justicia cuando el COI rectificó y cedió devolver las medallas de Estocolmo a sus hijas. En 1982. 70 años después de su gesta. Demasiado tarde.
Roberto Baggio falla su penalti en la final del Mundial de EE UU.
William McCrum estaba harto de presenciar trampas. De ver cómo los jugadores paraban el balón con las manos cerca de la portería y el árbitro sólo señalaba falta. Por eso propuso una solución, aunque pudiera perjudicarle. Porque, además de directivo de la Federación irlandesa, McCrum era guardameta del Milford Everton. Promovió la idea de sancionar las infracciones en el área con un tiro desde 11 metros. Nacía así el penalti.
La idea no gustó a los inventores del fútbol, a los ingleses, que la rechazaron. Hasta que una acción puntual les hizo reflexionar. Ocurrió en un partido de cuartos de final de la FA Cup entre el Stoke City y el Notts Country. Un defensor del Notts paró el balón con las manos en la línea de gol, con 1-0 a favor de su equipo. El árbitro señaló falta. El portero despejó la pelota y el Stoke perdió. Al día siguiente la prensa habla de "injusticia". Finalmente, el 2 de junio de 1891 en el International Board, lujoso hotel de Glasgow, se aprueba el penalti.
Dudas sobre el primer penalti
No está claro quién anotó el primer tiro de la muertede la historia. Algunos señalan a John Heath, jugador del Wolverhmapton Wanderers, como precursor. Lo marcó el 14 de septiembre de 1891 ante el Accrington Stanley. Pero otros afirman que días antes, el 22 de agosto,Alexander McColl habría transformado una pena máxima en un partido de la Liga escocesa entre el Renton y el Leith.
Durante las dos primeras temporadas de aplicación, la nueva regla estaba llena de lagunas. Por ejemplo, el penalti sólo se podía lanzar en el tiempo reglamentario. Por eso un portero del Aston Villa tiró el balón a la grada cuando el árbitro pitó pena máxima en el minuto 90. Cuando el esférico volvió al campo, ya había pasado el tiempo. Su equipo ganaba 1-0 al Stoke, curiosamente, otra vez víctima de una injusticia. En 1893 se añade que el partido debe continuar hasta que se lance el penalti. Y ya en 1929 se restringuirá la acción del guardameta, que tendrá que estar en la línea de la portería -hasta entonces podía avanzar 5'5 metros-.
La primera tanda
Hasta 1962 los partidos empatados se resolvieron, literalmente, al azar. Tirando una moneda, eligiendo dos papeles ('ganador' y 'perdedor') o echándolo a suerte. Hasta que Rafael Ballester, directivo del Cadiz, propuso que cada equipo lanzara cinco penaltis para desempatar en el Trofeo Ramón de Carranza. Y en esa misma edición, el Barça se convirtió en el triunfador de la primera tanda de la historia. Superó al Zaragoza de Magníficos en la final.
Karl Wald, un ex árbitro bávaro que impulsó los penaltis.
Pero quien realmente se ha llevado la fama internacional de ser el propulsor de la tanda de penaltis es Karl Wald, un ex árbitro alemán que en 1970 convenció a la Federación de Fútbol Bávara para que lo introdujera. Ese mismo año, en la semifinal de la Watney Mann Invitational Cup,Denis Law se convirtió en el primer jugador en fallar -fuera de España- un tiro de la muerte. Aunque su equipo, el Manchester United, ganó 4-3 al Iowly Hull City. Y no sería hasta 1976 no llegaría la tanda a la Eurocopa. Y hasta 1982, al Mundial, en España. Fue en las semifinales, en las que Alemania ganó a la Francia de Platini.
Desde su invención, se han lanzado incontables tandas, pero una sigue siendo la más larga. En la Copa de Namibia de 2005 el KK Palace se impuso 17-16 al Civics. ¡Tras lanzarse 48 penaltis! Ese año también se tiró la pena máxima más larga del mundo. Willy, delantero del Trujillo, de Regional Preferente, anotó uno ante el Alagóndos meses y un día después de que el árbitro lo señalara en el minuto 90, antes de que suspendiera el encuentro.
Shearer y el lanzamiento perfecto
Existe el penalti perfecto. El lanzamiento imparable. Lo logró el excelente ex delantero inglés Alan Shearer el 30 de junio de 1998, y no sirvió para nada. Su selección fue eliminada por Argentina en los octavos de final del Mundial de Francia. Según un estudio de la Universidad de Liverpool John Moores y publicado por el diario The Times, si el portero reacciona entre 0.31 y 0.41 tras el lanzamiento tiene muchas opciones de pararlo. Correr más metros es menos efectivo, lo ideal es dar entre cuatro y seis pasos. Y el tiempo perfecto entre observar la pelota y tirar son tres segundos. Complejo, mucho, aunque parezca muy sencillo...
Que se lo pregunten a Martín Palermo, delantero de Boca Juniors y ex jugador del Villarreal. En la Copa América de 1999 falló hasta tres penaltis ante Colombia, en un partido en el que su selección, Argentina, perdió 0-3. Sólo era la primera fase del torneo. Ambas selecciones pasaron.
Martín Palermo se lamenta tras fallar uno de sus tres penaltis.
Más importante fue la pifia de Roberto Baggio en la final del Mundial de EE UU de 1994. Es quizás el error más recordado de la historia, sobre todo, porque se suele rememorar como el decisivo. Pero no es así. En el caso de que Il Codino hubiese superado a Taffarel,Brasil hubiera tenido la opción de marcar un último penalti para ganar el partido.
Era la segunda vez que los penaltis robaban la gloria a Baggio. En su debut en un Mundial, en Italia 90, sí anotó el segundo lanzamiento de la tanda, en la que su selección perdió en semifinales. Tampoco falló en el Mundial de Francia de 1998 (ver enlace), cuatro años después de su tragedia en Los Ángeles. Aunque tampoco sirvió para que su selección eliminara a la anfitriona en los cuartos.
En España hablar de penaltis errados es hacerlo de Miroslav Djukic, el ex defensa serbio que tuvo en sus botas la primera Liga del Deportivo en el último minuto del último partido ante el Valencia. En 1994. Falló y el Dream Team de Cruyff ganó su cuarto trofeo consecutivo. Los aficionados del Villarreal nunca podrán olvidar el fallo de Riquelme en las sefiminales de la Champions de 2006 ante el Arsenal. Y los del Valencia, del fallo de Pellegrino ante Kahn en la edición de 2001. También se recuerda el error de Joaquín en cuartos de final del Mundial de 2002, ante Corea del Sur, o el de Eloy, en la misma eliminatoria en el Campeonato del Mundo de México de 1986. O los de Nadal y Hierro en la Eurocopa de 1996 ante el país organizador, Inglaterra.
La importancia del portero
Uno de los grandes especialistas en parar penaltis es el portero del Sevilla Palop. El gran héroe en la victoria de su equipo en la final de la Copa de la UEFA ante el Espanyol."Consigue que la posibilidad de que la pelota vaya a la derecha sea de un 70% y de un 30% de que vaya a la izquierda", analiza Pep Marí, psicólogo deportivo, en El Periódico de Catalunya. "Pero no podemos olvidarnos de la técnica de cada jugador. Quizás aquel futbolista más limitado solamente sepa lanzar por la derecha -continúa- en cambio, aquel otro más completo está en condiciones de chutar en aquella dirección. El dominio técnico queda matizado por la presión".
Palop fue el gran héroe del Sevilla en la final de Glasgow.
El nuevo fichaje del Barça, Tity Henry, participó en uno de los penaltis más controvertidos. Posiblemente en el más absurdo. Era el 22 de octubre de 2005, y el Arsenal ganaba en Highbury al Manchester City por 1-0.Dennis Bergkamp fue derribado en el área: penalti. Decidido, Robert Pires asumió la responsabilidad. Pero cuando el colegiado pitó, no lanzó, intentó pasarle el balón a Henry: sólo lo rozó y un defensa lo despejó. El árbitro señaló falta porque la pelota no había rodado. Pires acababa de fallar su intento de repetir el penalti de Johan Cruyff. El 5 de diciembre de 1982, en un partido con el Ajax ante el Helmond Sport, el 14 holandés innovó, sorprendió a todos: en vez de chutar, asistió a su compañero Jesper Olsen, que se la devolvió para que anotase.
Pero el penalti más famoso de la historia -o por lo menos el más original- es el de Antonin Panenka. Ese discreto jugador chescoslovaco, un mediapunta poco hábil, se convirtió en el inesperado héroe de la final de la Eurocopa de 1976 ante la Alemania de Franz Beckenbauer y Gerard Müller. Lanzó la última pena máxima de la tanda Panenka: tomó poca carrerrilla, apuró hasta que Maier -para muchos el mejor portero de la historia- se lanzó para concetar una parábola medio picada, un toque sutil al centro. Gol. Golazo. Nacía así el penalti al estilo Panenka, tan repetido y con suertes diversas. La mejor evolución del revolucionario invento de un portero.