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domingo, 7 de septiembre de 2008

Yelena Isinbayeva: competir sin competencia


Isinbayeva celebra, emocionada, su clara victoria en Pequín -EFE.
 
Sentencia Yelena Isinbayeva (Volgogrado, Rusia, 1982) que nunca idolatró a nadie, que jamás sintió predilección por ningún deportista. Desde siempre su única fijación fue ser la mejor, convertirse en una estrella mundial. Lo tuvo claro desde pequeña, cuando se inició en la gimnasia y no abandonó su ambicioso anhelo cuando tuvo que pasarse al atletismo por ser demasiado alta (mide 1’75 metros). En 1997, con 15 años, empezó a saltar con la pértiga. Entonces no sabía ni tan siquiera quién era Serguéi Bubka, el icono de este deporte. Ahora dice que le hace gracia que le comparen con él, sobre todo porque ella ha sido dos veces campeona olímpica y Bubka no lo logró nunca. 

Isinbayeva tiene un cuerpo escultural, una mirada exuberante y sonríe con la elegancia y la seguridad de una modelo consagrada. Sabe que sus rivales están lejos de sus marcas, por mucho que durante la primavera pasada sufriera un par de derrotas y que Jennifer Stuczynski se postule como su relevo a largo plazo. La atleta rusa simplemente va a lo suyo, que no es otra cosa que batir sus propias marcas. En Pekín logró el 24º récord del mundo de su carrera (el 14º al aire libre) y consiguió la mayor diferencia en una final de la historia, 5’05 metros por tan sólo 4’80 de la propia Stuczynski. Un dato lo resume todo: en Atenas 2004 ganó saltando 4,91 metros, 14 centímetros menos que su marca en China. Su mejor marca bajo techo son los 4’95 que salto en Donetsk (Ucrania) en febrero de este año.

“Me gusta hacer”

“Me encanta sentirme sola en la cumbre A mí no me hablar. Me gusta hacer”, valoró Isinbayeva. Era su respuesta a Stuczynski, que días antes había asegurado que patearía “un culo ruso” y que la medalla de oro sería suya. La estadounidense, tras la exhibición de su rival, sólo pudo rectificar: “Yelena me lleva una década de preparación. Es la mejor”.

La competición se convierte para Isinbayeva en una oportunidad de superar sus propias y de acercarse a su objetivo final, que no es otro que alcanzar la cifra de 36 récords mundiales (uno más que Bubka) y superar el listón de 5’15 metros, casi un metro menos que el ucraniano (6’14). No hace mucho Bubka aseguraba que no le prestaría atención a la pértiga femenina hasta que alguna atleta lograse volar por encima de los 5 metros. Ahora es amigo de Isinbayeva: “Me desea suerte cada vez que me ve, y saber que está viéndome en directo, entre los espectadores, me sirve para motivarme”.

Habla con su pértiga

El ritual de la número uno antes de saltar suele ser siempre bastante parecido: mira al cielo, habla con su pértiga –“no pienso explicar qué le digo, es algo muy personal”– y piensa en cualquier cosa menos en que tiene que luchar contra sí misma otra vez. “Me acuerdo del libro que estoy leyendo esos días o en otras historias. Me dejo llevar”, confiesa Isinbayeva, que tiene la manía de competir con su mano izquierda llena de anillos. Cuando gana da una voltereta en el aire, pega unos gritos y se va directa a la grada para que alguien le de una bandera de Rusia. 

La organización, el método y el descanso son algunos de los secretos del rendimiento de Isinbayeva, que duerme nueve horas por la noche y otras dos de siesta. Es su fórmula para recuperarse de los entrenamientos exigentes de Vitaly Petrov, que fue técnico del propio Bubka y al que le gusta cambiar muchas cosas de los atletas que entrena. Así lo ha explicado la pertiguista española Naroa Aguirre, que el pasado invierno estuvo un mes preparándose con el grupo que dirige Petrov.

“Lucha aunque estés herida” es el lema de Isinbayeva, que ahora vive lejos de la fría Volgogrado y se corea entre el glamour (bien y mal entendido) de Montecarlo (Italia). Su cambio de residencia no han variado sus horarios: no suele salir de fiesta y se concentra en prepararse, comer, dormir y leer. No le queda tiempo para mucho más. Es el sacrificio que tiene que hacer para poder llegar a los Juegos Olímpicos de Londres de 2012 en óptimas condiciones y optar a ganar su tercera medalla de oro olímpica. ¿Qué hará después? “Probablemente me retire al año siguiente”, explica. De momento, está pensando en crear su propia línea de ropa deportiva y su perfume, que “será para mujeres fuertes de espíritu, para aquéllas que saben exactamente lo que quieren y siguen adelante hasta alcanzar su objetivo”.

domingo, 24 de agosto de 2008

España empequeñece a Estados Unidos y logra una plata espléndida

Pau Gasol besa su medalla y Kobe Bryant hace callar al público -EFE.

Llevarse el dedo índice a la boca desafiando al público siempre será un gesto de suficiencia y provocación, pero también un símbolo épico, la constatación de haber logrado algo grande en un ambiente hostil. Que Kobe Bryant, al que muchos señalan como mejor jugador del mundo, hiciese ese movimiento tras anotar un triple y forzar la exclusión de Rudy Fernández a falta de poco más de tres minutos para la conclusión de una final olímpica fue un sinsentido. Sin duda, una acción de debilidad: Estados Unidos, los inventores del básket, el combinado de estrellas de filigranas aéreas y músculo estaba pasándolo realmente mal ante España. El gesto no podía ser más simbólico. La selección jugó probablemente el mejor partido de su historia (107-118) y estuvo a punto de ganar a una reedición correcta del Dream Team de Barcelona’92. No le faltó demasiado para lograrlo al grupo de Aíto García Reneses y de Pau Gasol, el máximo anotador del torneo con 19’6 puntos de media. Hubiese sido una doble victoria, un triunfo ante un rival y, especialmente, ante unos árbitros caciquistas que permitían a los estadounidenses cometer pasos (hasta tres hizo el propio Bryant en un contraataque en la primera parte) y en la mayoría de jugadas con mínimo contacto, ante la duda (o sin ella), pitaban a favor de USA. La plata, la segunda de España en unos Juegos Olímpicos 24 años después de la generación de Fernando Martín en Los Ángeles, es un gran premio para un grupo extraordinario, pero también un reconocimiento insuficiente a sus méritos. “Hemos triunfo. Esta medalla es como la de oro, sólo cambia el color. Si hubiesen pitado mejor… Incluso podíamos haber ganado”, sentenciaba a TVE1 Rudy Fernández.
 
“Los hemos puesto nerviosos”, seguía el nuevo escolta de los Blazers. No le falta razón. Estados Unidos nunca estuvo cómodo en la pista, nunca tuvo las diferencias habituales. Llegó a dominar por 15 puntos en el segundo cuarto (31-46 a los 12’23’’), pero casi siempre tuvo diferencias inferiores a los diez puntos. Una ridiculez. De hecho, a poco más de dos minutos para el final del partido la distancia era de tan sólo cuatro puntos tras la cuarta personal de Bryant y un tiro libre anotado por Juan Carlos Navarro. El jugador del Barça, sorprendentemente en el quinteto inicial, jugó su mejor encuentro del torneo. Fue desequilibrante y atrevido: volvió a recuperar las sensaciones que no había tenido durante todo la competición.

Los enésimos pasos 

Navarro fue el mejor ejemplo de que el partido de la fase de grupos, la derrota de España por 37 puntos, había sido un accidente esporádico. La diferencia no era real y se demostró desde el primer instante y hasta el último minuto, en el que Carlos Jiménez falló un triple y en la acción siguiente Bryant anotó con algo de fortuna (105-113). Los colegiados, con dos técnicas al banquillo y a Ricky Rubio por protestar los enésimos pasos de Chris Paul cerraron el partido. 

Bryant enseñaba con orgullo su camiseta, se golpeaba en el pecho a la altura del rectángulo de la bandera de Estados Unidos. Señalaba que él era el mejor, el líder de la gran selección mundial. Ni una cosa ni otra. La gran estrella estadounidense en Pekín ha sido Dwyane Wade, tercer máximo anotador tras Gasol y Luis Alberto Scola, probablemente un jugador infravalorado para las prestaciones que tiene e infinitamente menos egoísta que el icono de los Lakers. Wade, con 21 puntos en la primera parte, fue quien lideró a su equipo ante una España maravillosa. Machacaba Pau Gasol, y Navarro se gustaba ante sus rivales. España llegó a ganar 21-17 a los 5’42’’ y Aíto planteó la zona 2-3. Una opción muy acertada a lo largo del partido.

Parcial de 10-29
 
Reaccionó Estados Unidos con sus propios medios y con los ajenos (¿hace falta especificar de quién?). El grupo de Mike Krzyzewski logró un parcial de 10-29, que coincidió con su máxima ventaja, (31-46). Fue entonces cuando sobresalió Rudy Fernández, que volvió a demostrar que no desmerece a la NBA. El ex jugador del DKV Joventut anotó 13 puntos –triple incluido en la cara de LeBron James– en el segundo cuarto (22 en total) y minimizó la diferencia al descanso, que sólo era de ocho puntos (61-67). El porcentaje de Estados Unidos desde la línea de tres era inusual: ocho aciertos de once intentos.

En la reanudación volvió a exhibirse Navarro, con su tiro particular, puso a España a dos puntos (69-71 a los 23’01’’), la misma distancia que tras el triple de Rudy Fernández a falta de 8’13’’ para el final del partido. Fue la menor desventaja de la segunda parte. Pau Gasol y Dwight Howard mantenían un duelo intenso, y LeBron James seleccionaba con acierto sus tiros (14 puntos, 6 de 9 en lanzamientos de campo).

Otra bomba al límite

España era descarada al ataque y realmente eficaz en defensa. Sólo le seguían frenando los árbitros, como en una acción de dos más uno de Marc Gasol que acabó por ser una simple falta sin tiros porque se señaló otra infracción de James y no la de Paul. Una bomba al límite de Navarro cerró el tercer período con un ajustado 82-91. 

Los minutos pasaban y la selección española seguía ahí, muy cerca. Sus jugadores se repartían el protagonismo: palmeaba Pau Gasol, Rudy Fernández hacía un mate a una mano. Llegó la famosa jugada de Bryant y éste mandó callar al público. Poco le faltó al propio jugador para tragarse dicho gesto: un triple de Jiménez, el jugador polivalente de este grupo, puso el 104-111 a 2’25’’ del final. El propio capitán fallaría otro segundos después. Entre esa acción y las dos técnicas tras los pasos de Paul se acabó el partido. Se cerró el mejor partido de España, que ha logrado una plata y se ha ganado la admiración del mundo. Los periodistas de otros países el mundo se levantaron de sus asientos en la tribuna de prensa para reconocer su gesta.

viernes, 22 de agosto de 2008

Una España coral se impone a Lituania (91-86) y jugará la final ante Estados Unidos


Navarro, Marc Gasol, su hermano Pau, Jiménez, Reyes y Garbajosa celebran el triunfo -EFE.

Aseguraba Aíto García Reneses antes de los Juegos Olímpicos que España no podía depender de Pau Gasol, que el ala-pívot de Sant Boi no debía asumir la gran responsabilidad. Semanas después, en las semifinales del torneo, en el primer partido con dificultades (Estados Unidos aparte) todos buscaron a Pau. Ante Lituania, una vez más, la estrella de la barba desgarbada y el pelo desorganizado no defraudó en los momentos decisivos. Autor de 19 puntos, el jugador de los Lakers se convirtió en el líder de un equipo con varios referentes. Con jugadores como Carlos Jiménez, impagable en defensa, Felipe Reyes, imprescindible en ataque, y Rudy Fernández, en el término medio entre pragmatismo y espectacularidad. Tras su triunfo ante la selección lituana (91-86), España es finalista olímpica 24 años después. El último obstáculo será Estados Unidos, que superó a Argentina (81-101). El domingo la generación del Europeo de Lisboa 1999 tendrá la oportunidad de lograr el mayor éxito de la historia. Un oro olímpico sería el mejor final para cerrar temporadas mágicas, tras ganar el Mundial de Japón en 2006 y ser subcampeona en su Eurobásket el año pasado.

Era un día para ganar por oficio, para sobreponerse al contacto al límite y ser prácticos. Pau Gasol era el jugador propicio: sabe rendir tanto en partidos de alley-hoops como en encuentros como ante Lituania, una selección compensada y con uno de los dos mejores bases que juegan en Europa: Sarunas Jasikevicius. El único que no se descompuso tras la defensa 2-3 planteada por Aíto y el manotazo que su compañero Linas Kleiza le dio a Pau Gasol y que significó su exclusión –su segunda antideportiva a lo salvaje; al alero lituano sólo le faltaba un taparrabos y un palo para ser un hombre de las cuevas en toda regla–. Esa jugada impulsó a España, que logró un parcial de 8-0 (81-74 a 3’39’’ del final). Sólo Jasikevicius supo cómo responder a tal circunstancia. Primero lo hizo con un triple y dos tiros libres (83-79 a 1’52’’) y después, con otro lanzamiento de tres a falta de seis segundos (89-86). Su gran actuación (19 puntos y seis asistencias) no fue suficiente. El concepto de España, presión, continuas ayudas, una idea coral, se impuso al anarquismo de Lituania en este partido.

Para bien o para mal

Los triples, un recurso más de puntería que de buen juego, fueron el gran argumento de Lituania. Para bien o para mal. Simas Jasaitis, tras un año en el Tau como recambio ocasional, fue el primer el gran protagonista. El nuevo jugador del DKV Joventut (19 puntos) anotó tres seguidos de los cinco que sumó su equipo sin fallo en los últimos seis minutos del segundo período. Eran los mejores instantes del grupo de Ramunas Butautas, que pese a todo sólo consiguió una ventaja mínima (36-42 a los 28’48’’). Pero entre la que fue la doble R exitosa en Badalona, entre Rudy y Ricky, minimizaron la diferencia al descanso (40-42).

Hasta entonces Pau Gasol estaba bien defendido por sus rivales y tan sólo se había sentido cómodo en el primer cuarto, en el que se había permitido un mate y un alley-hoop. En una jugada se resumió la idea de España: Rudy Fernández falló un triple, Jiménez palmeó lo justo para que Gasol cogiera la pelota y anotase. Los triples del propio Rudy y de Jorge Garbajosa permitieron a España acabar el cuarto por delante (21-19).

Como un bárbaro no socializado

Como en el epílogo del partido fue Kleiza quien descentró a su equipo. Su acción, de nuevo más propia de un bárbaro no socializado, animó a la selección española, que liderada por Reyes y Marc Gasol logró su máxima ventaja (28-20 a los 12’55’’). Reaccionaría Lituania con un excelente acierto desde 6’25, que tarde o temprano tendría que acabarse. Con Ramunas Siskauskas muy discreto, eran otros los actores principales. Jasaitis, Kaukenas y Javtokas. Sin olvidar a Jasikevicius, el segundo técnico oficioso: pase lo que pase da instrucciones y gesticula. Se puso a gritar cuando vio cómo su equipo concedía dos jugadas de campo atrás. Era una consecuencia lógica de la precipitación y de la defensa de España: de libro. Así que del 42-47 se pasó al 55-54. El éxito del grupo de Aíto se basaba en el equilibrio interior-exterior.

Lituania recuperó su efectividad con los triples y entre Jasaitis y Lavrinovic anotaron tres (62-65, a los 30). El jugador que revertió la situación fue Pau Gasol, con un par de alley-hoops. No estuvo solo: Reyes, Ricky, Rudy, todos contribuyeron con acierto a la causa. Todos menos José Manuel Calderón, que, lesionado, veía el partido desde el banquillo con cierta nostalgia. Tampoco Juan Carlos Navarro, que lleva un torneo irreconocible. Parece que un jugador menor, un simple debutante nervioso. España le necesitará si quiere ganar el domingo a Estados Unidos. Si quiere concluir estos tres años apasionantes con el mejor reconocimiento posible: un oro olímpico.

sábado, 9 de agosto de 2008

Samuel Sánchez, un sprint que vale un oro olímpico

Sánchez festeja su triunfo en la prueba en ruta de los Juegos de Pequín -AFP.

Cerró los ojos y se dijo “¡hasta el final sin parar!”. Con la Gran Muralla de fondo, Samuel Sánchez (Oviedo, 1978) apretó los dientes y se fue a por Aleksandr Kolobnev, el único que tenía por delante a tan sólo 50 metros del final, tras casi seis horas y media de tortura y 245 km. de recorrido. Samu respondió al sprint del ruso con naturalidad y con una suficiencia inesperada. Le rebasó por la derecha, mientras por atrás insistían Davide Rebellin, perro viejo de 37 años, y Fabian Cancellara, ciclista impagable, probablemente el mejor contrarrelojista del momento. Poco importó: Samuel Sánchez, el supuesto gregario del grupo español, se llevaba las manos al casco, se santiguaba, miraba al cielo, hacia su madre: era el nuevo campeón olímpico del mundo de ruta.

“Cuando he cruzado la línea de meta no sabía qué hacer, si tenía que saltar o no. Hasta que no hable con los amigos de toda la vida, con mi mujer y con la gente que me quiere no me daré cuenta de lo que ha pasado”, explicaba, emocionado, el asturiano, que subió al podio casi tres cuartos de horas después de haber cruzado la línea de meta. Apenas pudo dar tres pasos seguidos sin que nadie le interrumpiese. Le abrazó Alejandro Valverde, el gran favorito por ser uno de los mejores en clásicas y pruebas de un día. Le estrechó la mano el otro gran el simpático Paolo Bettini, que no pudo defender su título de campeón olímpico y se lo tomó a guasa: preguntando con gestos si había sido primero o segundo. Le felicitaron Carlos Sastre y Alberto Contador, nada más y nada menos que los últimos ganadores del Tour y Giro, que no acabaron la prueba, como Óscar Freire, el tricampeón del mundo infravalorado.

“La carrera más rentable”

“Ya tocaba, ya tocaba… Siempre segundo, siempre cuarto”, resumía Sánchez, que seguramente revivió cómo se quedó a un suspiro de la medalla de bronce en el mundial de Stuttgart de 2006, un premio que le arrebató Valverde, o cómo Dani Doreno le ganó la que podría haber sido su tercera Escalada a Montjuïc por tan sólo dos segundos. Pero esta vez Samu no se dejó sorprender y aparcó su rol de hombre que siempre se había quedado a las puertas del éxito. Esta vez no dejó escapar la oportunidad y se convirtió en el primer medallista español en la prueba de ruta: “Ser campeón olímpico es quizá la carrera más rentable para un ciclista, porque la ganas un día y la disfrutas cuatro años”.

A la hora de la verdad del conjunto español sólo respondió. Con Óscar Freire y Contador ya retirados, sólo resistió Sánchez, que atacó con frialdad y supo colocarse en el grupo de los que se jugarían la victoria, en el que no estaban ni Valverde ni Bettini. Tampoco Sastre, que había hecho una labor impagable tirando del pelotón. Ni Fabian Cancellara, en unos últimos kilómetros sensaciones consiguió conectar con el grupo y ganar un bronce impensable. Una exhibición que volvió a demostrar que su apodo de Espartaco le viene al pelo: es un fuera de serie. Este año ganó la Milán-San Remo tras 296 km. en sus piernas, a falta de dos para el final. Hasta entonces, hasta los ataques de Andy Schleck –probablemente un futuro ganador del Tour– y las réplicas del propio Sánchez, la carrera había sido relativamente tranquila, por más que el boliviano Horacio Gallardo y el chileno Patricio Almonacid, llegasen a acumular más de once minutos de ventaja. Era un intento más propio del ciclismo más primitivo o de una etapa irrelevante de una gran vuelta. En una carrera de un día, y más en unos Juegos Olímpicos, no existen esas concesiones.

Tercero en la Vuelta de 2007

Sánchez tiene cara de vasco: en Euskadi se ha formado deportivamente y desde 2000 forma parte del Euskaltel, con el que ha renovado hasta 2010. Samu reconoce que allí se celebran más sus triunfos porque no puede competir con Fernando Alonso. Hasta su gran triunfo en Pekín –“el recorrido ha sido espectacular, pasar por la ciudad prohibida, la plaza de Tiananmen, ver la Muralla China…”- sus dos grandes méritos habían sido su segundo puesto en la clasificación UCI Protour en 2006 y un tercer puesto en la Vuelta del año pasado. En la prueba española demostró cuál es una de sus grandes virtudes: en la última semana se siente perfecto. Así que en 2007 logró sus tres triunfos de etapa en las seis últimas citas: en Granada tras un gran descenso en Monachil y batiendo al sprint al Triki Beltrán, en el Alto de Abantos, tras superar a Dani Moreno con autoridad, y en la última contrarreloj, en la especialidad de Cadel Evans al que le robó el tercer puesto de la general.

Problamente el 13 de julio de 2003 Samu vivió el momento más complicado de su carrera deportiva: llegó fuera de control en la etapa de Alpe d'Huez, que ganaría su ex compañero Iban Mayo. Sánchez se propuso no volver al Tour hasta que no estuviese preparado, y hasta este año no se decidió. En la último crono le arrebató la séptima posición de la general a Valverde. Días después no pudo disputarle el triunfo en la Clásica de San Sebastián, en la que se sintió espléndidamente. “Sabía que llegaba bien a Pekín”, confesó Samu, que no dudó en responder el ataque de Kolobnev: “Venía a tope, empecé a bajar piñones sin atascarme”. Y ganó el sprint más importante. Es campeón olímpico.