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martes, 21 de octubre de 2014

Ricky Rubio: de la burbuja al dilema

El periodista Albert Díez retrata al base de los Minnesota Timberwolves en 'El chico maravilla'  

Ricky Rubio - AP. 

“Tienes que saberlo todo sobre él: gustos, anécdotas… Entrevístalo como puedas, y si es necesario sacarlo en la foto haciendo el pino o yendo a comprar el pan, hazlo”, me insistía el jefe del diario. Quería un perfil que no hubiese retratado la competencia sobre un Ricky Rubio (El Masnou, 1990) que vivía protegido por el Joventut de Badalona. El base, todavía menor de edad, no podía hablar con la prensa y sólo se podía prestar a una sesión de fotos. Cuando me encontré a Ricky en el metro, camino del Olímpic y antes de bajarnos los dos en Gorg, le saqué poco más de “habla con la Penya” o “no te puedo decir más”. 

Acabé conociendo mejor al chico a través de terceros. Sus amigos le describieron como un bromista capaz de imitar la voz de una chica para colarle un gol a un colega por teléfono. El presidente Villacampa destacó su madurez; Huertas, el buen asesoramiento de sus padres; Laviña, su inteligencia; Archibald, su temple: “Parece que haya jugado cinco años con nosotros”; Bennet, su ambición: “Es un buen chico que quiere ser un gran jugador”;  y Rudy, del aliento de Aíto: “Está muy pendiente de él, tanto en su progresión  personal como personal”. Y el propio Aíto remató: “Si está bien, jugará”. Las reflexiones del maestro baloncesto español son una de las grandes perlas de Ricky Rubio. El chico maravilla, obra de Albert Díez, periodista de la COPE.  

Habrá quien piense que es arriesgado publicar una biografía sobre alguien de 24 años, cumplidos justo hoy. En la mayoría de los casos tendrá razón. No en el de Ricky Rubio, que ha vivido mucho y muy rápido. Lleva en la élite desde que, con 14 años, 11 meses y 24 días, se convirtiese en Granada en el más joven en debutar en la Liga ACB. Aíto, entonces técnico de la Penya, le convocó por la lesión a última hora de Huertas.

Escrito a modo de reportaje extenso, Ricky Rubio. El chico maravilla invita al lector a un viaje  por el currículo deportivo y vital de una figura precoz. Del más joven en ganar la Euroliga (con el Barça en 2010 y siendo fundamental) y en colgarse una medalla olímpica (la plata en Pekín 2008), entre los jugadores de baloncesto. Ricky está a punto de empezar su cuarta temporada en los Minnesota Timberwolves, de la NBA. Tiene en jaque al club por su renovación, sobre todo tras la marcha de Kevin Love a los Clippers, y también por su rendimiento. Su talento e inventiva no se están correspondiendo con su discurso en la pista, discontinuo por las lesiones. Aunque ya no tiene excusas para mejorar y ganar confianza y efectividad con su tiro.  

Las intervenciones de los entrevistados del libro (Aíto, Bennet, Sito Alonso, Josep Maria Margall, Marc Calderón…) están bien seleccionadas (incluso figura Nacho Ordín, uno de sus defensores la noche de su estreno en la Liga ACB). La parte más rica y con más voces es su periplo en las categorías inferiores y el primer equipo del Joventut y por los equipos de la selección previos a jugar con los grandes. Eso sí, se echan de menos más testimonios de su paso por el Barça (muy interesantes los apuntes de Joan Laporta) y de la selección absoluta. Ambas etapas están descritas con los detalles justos, pero suficientes.

El libro cae a veces en un tono de biografía autorizada y se encuentra a faltar una visión más crítica. Es el caso, por ejemplo, de cuando se habla de la recta final de las eliminatorias por el título en su último curso como azulgrana: “No hay que buscar ningún enemigo más allá y sí destacar que el jugador de Badalona [Víctor Sada, ahora en el Andorra] hizo un playoff espectacular”.

Albert Díez retrata a un Ricky Rubio muy familiar que de pequeño quería ser negro para jugar como Michael Jordan. A un chico que llegó a la NBA diciendo “sólo pienso en baloncesto, en nada más. Va a ser duro, lo sé” y que no tardó en llenar el pabellón de su nuevo club, los Timberwolves, cosa que no ocurría desde hacía cuatro años. A un chaval destrozado por la pérdida de su abuela y de su amigo Guillem, que siempre ha admirado a su hermano Marc, también jugador de baloncesto, como su hermana Laia.

Aíto, que lo había seguido en el cadete, le invitó a entrenarse con el primer equipo de la Penya porque necesitaba un jugador más para un cinco contra cinco. Bennet, su primer mentor en la pista, vio en Ricky a un pipiolo “sin miedo”. “Marc, tranquilo, que ganamos seguro”, le dijo a su entrenador en la Minicopa de Sevilla 2004. Acabó como MVP y con el título.  

Algo después, en 2006, llegó otro episodio impactante: la final en el Europeo cadete de Linares de 2006. Sumó 51 puntos, 24 rebotes, 12 asistencias y 13 faltas personales recibidas. Números repartidos en dos prórrogas y con un triple surrealista que dio la vuelta al mundo de por medio. También se habla en el libro de los roces entre él y su entorno con la Penya, de la que se marchó por la puerta de atrás y dos temporadas antes de lo previsto en su contrato. Aparcó su desembarco a la NBA (en el draft salió elegido en un puesto peor de lo que esperaba, el quinto) y se fue al Barça, en el que además de maravillar en el primer curso (el segundo fue muy discreto) dejó otro récord, el de fichaje más caro de la historia de la Liga ACB (3’6 millones de euros). Una cifra difícilmente superable.


Título: Ricky Rubio. El chico maravilla. Editorial: Al Poste Ediciones. Páginas: 199. Valoración: 3.7 sobre 5.  

viernes, 17 de febrero de 2012

Reyes rescata al Madrid ante un Fuenlabrada grandioso (75-66)

Reyes lanza ante Mainoldi - ACB Photo.
Hay jugadores que parecen estar eternamente condenados a que se hable de su declive y de su posible salida del club. Es el caso de Felipe Reyes (Córdoba, 1980), al que algunos acaban descubriendo cada temporada porque parecen olvidar una trayectoria ejemplar, un compromiso y un liderazgo fuera de toda duda. Reyes es un deportista único en un momento de forma óptimo que rescató a un Madrid sorprendido ante el Fuenlabrada grandioso de Porfi Fisac, que no pudo ser más gráfico: “Había momentos del partido en los que parecía que estaba dormido”. Se refería Fisac, gran orador y técnico valiente, a que pudo soñar con eliminar a los blancos y alcanzar por primera vez las semifinales en su tercera participación en la Copa del Rey, la primera para once de sus jugadores. Lo vio posible hasta que Reyes dijo basta, hasta el 59-59 a 7m 38s del final. El pívot cordobés acumuló nueve puntos en los últimos once minutos y se entendió de maravilla con Velickovic, encorsetado por Messina en la posición de 3 y de 4 con Laso tras recuperarse de una lesión. Esta pareja interior resultó lo mejor de un Madrid, vencedor por 75-66, que jugará la segunda semifinal del torneo ante el Banca Cívica.

A Reyes le puede el equipo y no el ego. Por eso le inquietó que en Teledeporte le hablasen de su gran actuación y después de decir que estaba “contento” por ello dejó claro que sobre todo lo estaba por la victoria “muy trabajada”. Por aquel entonces varios jugadores del Fuenlabrada chocaban de manos con su afición: un exponente de identificación y cariño al seguidor, sin el que el deportista se quedaría sin aliento. El capitán Laviña estuvo a la altura de las circunstancias reflexionando que más allá de un triunfo o una derrota lo mejor era llevarse y conservar el orgullo de la afición todo el año. Y el Fuenlabrada se merece tal aprecio empezando por los responsables de fichar a un buen número de desconocidos que acaban explotando o recuperando para la causa a gente que venía de una experiencia no muy positiva. El club es tan tenaz como su plantel, que lejos de amilanarse ante un Madrid que un buen rato con sus dos bases en pista -los dos Sergios, Llull y Rodríguez- y que le había doblegado con mucha facilidad en la Liga le jugó de igual a igual, sin miedos ni tregua.

Los tiros libres

Al principio surgió Hall con dos triples sin fallo y después le siguió Saúl Blanco -en su segunda etapa en el equipo tras su desafortunado paso por Málaga. Era un partido eléctrico, pues Singler también estaba muy enchufado, pero tan revolucionado que antes del descanso ya acumulaba tres personales. La cuestión para el Madrid es que su sustituto, Carroll, no tenía el día como Tomic, estancado desde hace meses, como si le pesasen pesasen los elogios recibidos por los medios, y el peor del equipo (2/6) en los tiros libres (10/19, 53%). Una faceta en la que los blancos deberán mejorar de inmediato en un torneo tan corto como la Copa.

En un torneo en el que el Fuenlabrada persistió por continuar, lanzado a ratos por Penney, la estrella junto a Blanco después de la marcha a la NBA de Ayón (35-31 al descanso). El conjunto de Fisac contuvo el arreón del Madrid (48-40), liderado entonces por un Mirotic discontinuo, gracias a los triples, dos de ellos, extraordinarios, del capitán Laviña. “Nadie os gana fácil”, había defendido el entrenador en un tiempo muerto y sus jugadores le dieron la razón perpetrando una actuación que ennoblece al baloncesto y minimiza las posibilidades económicas de unos y de otros. “Me siento ganador de este partido”, cerró Fisac, como siempre, con su tono de poeta.   

MADRID 75 (15+20+20+20): Llull (8), Singler (7), Suárez (-), Mirotic (7), Begic (2) -quinteto inicial-, Carroll (8), Tomic (6), Reyes (17), Pocius (3), S. Rodríguez (4) y Velickovic (13). FUENLABRADA 66 (16+15+22+13): Colom (12), Laviña (6), Blanco (6), Mainoldi (13), Hall (6) -quinteto inicial-, Cortaberría (3), Penney (12), Diouf (4), Sánchez (2), Vega (-), Muñoz (2) y Laso (-). Árbitros: E. Pérez Pizarro, Oscar Perea y Carlos Peruga. Incidencias: Asistieron al encuentro 14.100 espectadores en el último partido de cuartos de final de la Copa del Rey disputado en el Palau Sant Jordi de Barcelona.