Cristiano Ronaldo, emocionado, con el Balón de Oro ante su hijo, Pelé y Blatter - AP.
Una frase y una letra definen, en parte, a Cristiano Ronaldo (Funchal, Madeira, 1985). "Hay que cortarme una pierna para que yo renuncie a un partido", cuenta en Cristiano Ronaldo. Sueños prohibidos, de Enrique Ortego. CR7 es incansable e insaciable y un profesional intachable al que Piqué recuerda en Manchester pasándose horas lanzando faltas. La letra es la r, que escribe en mayúsculas. Una costumbre que según los grafólogos puede indicar reclamo y llamar la atención inconscientemente ante los interlocutores.
Una Aura Garrido luminosa y un Javier Pereira camaleónico conforman una pareja repleta de química en este relato sencillo y grandioso financiado por crowdfunding
Javier Pereira y Aura Garrido. Foto: Álex de Pablo.
“No sé si te van a dejar a entrar así” le dice Javier Pereira a Aura Garrido después de entrar en un 24 horas al que ha llamado restaurante. Puede que sea la escena más simbólica y el momento más reivindicativo de Stockholm, una pequeña joya dirigida por Rodrigo Sorogoyen y producida por Caballo Films que ha sido financiada a través de crowdfunding. Es el relato de dos jóvenes a la intemperie que se cierran y se abren, que dudan y se reafirman, que se muestran y se esconden en un guión creíble, con reacciones también creíbles, por complejas.
Los protagonistas se conocen en una discoteca –con una generosa presencia de extras, algunos son mecenas de la película– y en el primer minuto Él le repite esa frase tan habitual en la noche “me he enamorado de ti” y le ofrece las llaves, que Ella rechaza. Ése es el primero de los tres objetos imprescindibles en la historia. El siguiente, un pintalabios, con el que una Aura Garrido luminosa –el descubrimiento del año para quien escribe esto, huele, mínimo, a nominación para los Goya– le colorea los labios a un Javier Pereira camaleónico después de pedirle una divertida, por ocurrente y cruel, prueba de amor. El último es un simpático muñeco que oculta cosas.
Stockholm es un canto al miedo y a la seguridad, a las diferencias entre las personas y a sus puntos en común. A cómo nos cuesta abrirnos y a las ganas de dejar atrás pasados tortuosos, como el que sufrió Ella y que no se detalla, pero también a dejarse llevar por los impulsos, aunque la tentativa del primer beso de Javier Pereira no llegue hasta pasada la primera hora, la más tranquila e inocente de una película con solo 60.000 euros de presupuesto y rodada en solo 12 días. El intenso trabajo de campo entre los actores es fantástico: hay química entre los dos protagonistas.
Se nos recuerda lo difícil que es aceptar muchas veces que el guión de nuestra vida no siga el dictado de nuestros intereses. La película funciona como clínic para los aspirantes a actor porque toca todos los registros y estados de ánimo habidos y por haber. En algunos momentos recuerda a Tu vida en 65 minutos, dirigida por María Ripoll y con guión de Albert Espinosa, y donde Pereira ya cuajaba una excelente actuación junto a Tamara Arias.
Solo cabe dar las gracias a todos aquellos que pusieron su granito de arena e invirtieron en Stockholm. Su financiación es una excelente y pésima noticia a la vez. ¿Cuántas historias de esa calidad se habrán quedado y se quedarán por la falta de presupuesto? Y al contrario: ¿cuántas llegan al cine solo por sus recursos? La cartelera, como el algodón, no engaña.
Película: Stockholm. Dirección: Rodrigo Sorogoyen. País: España. Año: 2013.Duración: 90 min. Género: Drama, romance. Interpretación: Javier Pereira, Aura Garrido. Guión: Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen. Producción ejecutiva: Borja Soler, Pedro Martín-Calero, Alberto del Campo y Rodrigo Sorogoyen. Fotografía: Alejandro de Pablo.Montaje: Alberto del Campo. Dirección artística: Juantxo Divasson. Vestuario: Lorena Puerto. Distribuidora: Festival Films. Valoración: 4 sobre 5.
La valentía del centrocampista del Athletic reconociendo que simuló un penalti es la excusa para hacer un repaso de otros buenos gestos y también de perdones a medias de deportistas
Ander Herrera en una acción con Jordi Alba - EFE.
Más que de sabios,
rectificar es de valientes. Es cierto que dio una voltereta en el área del
Getafe, acusó a Lisandro López de hacerle penalti y protestó la amarilla que le
señalaron. Pero lo siguiente le convirtió en un valiente. “Pido perdón al
árbitro porque luego nos quejamos de ellos y yo hoy, sinceramente, le he
intentado engañar”, dijo el centrocampista del Athletic Ander Herrera, “no
volverá a pasar”. Porque el 99% de sus compañeros de profesión no se retratan
de sus trampas, sino que luego las defienden.
Andrea Fuentes abraza a Ona Carbonell en los Juegos de Londres - Reuters.
No hay antídoto contra
el odio, la envidia, el fardar y la polémica, esos aromas corrosivos
que se esconden hasta debajo de las baldosas y mueven el mundo.
Bajezas que restan y que han acabado con una carrera deportiva dorada
como la de Andrea Fuentes (Tarragona, 1983), que deja la natación
sincronizada (y 36 medallas, cuatro de ellas olímpicas) no porque se
lo pida el cuerpo ni porque sienta dolor físico, sino por desmotivarse viendo cuanto acontecía a su alrededor. No estaba
dispuesta a combatir en una guerra sin fin entre quienes defendían a
su mentora, la ex seleccionadora Anna Tarrés, a la que se cesó y se
señaló por sus métodos, y los partidarios del presidente de la
Federación y de su apuesta por contar con un nuevo equipo técnico.
En su emotiva rueda de
prensa Fuentes, que tiene un discurso sólido escrito desde el
corazón y revisado por la cabeza, dijo haber sufrido una “nube de
negatividad”. Ése no era el ambiente adecuado para afrontar una
cita tan ilusionante como los Mundiales de Barcelona de verano para
alguien que ve el deporte como un oficio vital y no una profesión
burocrática. “Si no disfruto del camino, no quiero estar. Estos
meses no me compensan por una semana”, añadió horas después, ya
más relajada, en Teledeporte, donde contó que quiere viajar y ver
“cómo es el mundo terrestre” y que tiene proyectos relacionados
con la naturaleza y los animales, además de profundizar en su adiós
sin ensuciar a terceros. De hacerlo, Fuentes hubiese contradicho su
mensaje: “Hay que eliminar esa guerra e ir en el mismo sentido”.
Leo es un soñador que sonríe y juega como un niño y al que conviene redescubrir
“Para que leas
despacio, bien, con sosiego, disfrutando (no este libro, sino
todos)”, le recomendó un autor el día de Sant Jordi a un pipiolo
que estudiaba periodismo y aspiraba a ser escritor. Servidor, que era
ese pipiolo, recuerda como si fuera ayer otro consejo que Unai
Elorriaga le regaló ese día: “Relee, porque encontrarás nuevos
matices y tendrás una visión más amplia de las cosas”. Porque
releer (bien) supone empezar de cero para descubrir matices nuevos y,
quizás, redescubrir los que ya vimos. Por eso hay que releer partido
a partido a Messi, un libro abierto para todos los públicos al que
hay que degustar como si nunca hubiese metido goles de videojuego ni
convirtiese en rutina lo extraordinario. Porque a Messi no se le
encuentra el truco ni parando fotograma a fotograma sus jugadas y en
carrera hay pocos que resisten su sprint. A Leo o Lío –me quedo
con este nombre, que resume su relación con los defensas rivales–
es un engorro para la física e incluso para los periodistas, que
desde hace años buscan dar con el adjetivo que mejor le defina.
Quizás sea el de soñador, pues en el césped sonríe y juega como
un niño, con la misma ilusión de quien quiere ser profesional y
jugar con los mejores algún día.
De los futbolistas
actuales Messi sólo se resiste a sí mismo después de meter 91 el
curso pasado y levantar el cuarto Balón de Oro, que recogió igual
de nervioso que si no hubiese ganado nunca el trofeo y fuese aquel
niño que, como recordaba su hermano en el vídeo proyectado durante
la gala, salía de casa, vivía y dormía con el balón: “Sólo
quería el balón”. El balón es Messi como en su día fue Di
Stéfano, Pelé, Maradona o Cruyff. Sería injusto compararle con
referentes porque no ha compartido ni época ni condiciones. Sería
como tratar de igual a igual a Dalí y Leonardo Da Vinci.
Por
tener, Messi tiene hasta carisma, por ser tan seguro defendiendo su
obra –y la de su equipo– como vergonzoso ante los elogios, por
utilizar el 'nosotros' antes que el 'yo'. Incluso dignifica a la
figura del suplente en Can Barça –de tipos generosos como Pizzi o
Larsson– y las contadas veces que sale desde el banquillo –porque
Messi quiere jugar a todas horas– suele marcar también, como si
sus goles viniesen incluidos con la entrada.
Cronómetro de Récords participa en la categoría de Deportes del concurso de blogs del diario 20 minutos
Muchas cosas han sucedido en el mundo del deporte
desde aquella noche del 1 de junio de 2007. Recuerdo que un par de días antes apunté
en una libreta posibles nombres para el que iba a ser mi nuevo blog.
Escogí el de Cronómetro de Récords. Así se iba a llamar una página que
pretendía –y pretende– dar cobertura a varios deportes y ofrecer visibilidad a
aquellos que no tienen la que merecen, como el baloncesto femenino, del que me
enamoré a primera vista o, concretamente, a primer partido, un UB Barça-Ros
Casares –ambos desaparecidos ya– en la final de la Liga de 2003.
Semanas después de aquella
primera crónica entre el Madrid de Bullock y la Penya de Rudy y Ricky, desde
Cronómetro de Récords se hizo un seguimiento de las dos platas en el Eurobásket masculino y femenina ante el mismo
rival, Rusia, del primer Tour de Francia de Contador, del único Mundial de
Fórmula 1 de Raikkonen o de la primera corona de Stoner en MotoGP. Al año
siguiente España ganaría su segunda Eurocopa de fútbol, tras aquella del
Bernabéu en blanco y negro, y comenzaría su ciclo triunfal, Hamilton le birlaría
el Mundial de F-1 a Massa en la última curva, Sastre luciría el maillot
amarillo en los Campos Elíseos, Nadal alcanzaría el uno mundial y el oro
olímpico...
Y así, con el deporte como
protagonista y las anécdotas como motor, se ha ido escribiendo este blog, que
me ha robado algunas horas de sueño y por el que he tenido que renunciar a
otras cosas –sacrificios que sólo entenderán los blogueros–. Todo para que
Cronómetro de Récords continuase creciendo. La última sección incorporada es la
de reseñas de libros, compañera de las que corresponden a las propias
disciplinas deportivas, artículos de opinión, reportajes curiosos o
entrevistas –con unas 50 conversaciones a personajes conocidos o no tan
conocidos relacionados con el mundo del deporte–. Algunas pertenecen a las dos
últimas ediciones de la Copa de la Reina y a la última de Copa del Rey de
baloncesto, donde estuve acreditado.
Este periodista deportivo,
Toni Delgado, tiene un sueño que quiere compartir con vosotros: recibir la
estatuilla como mejor blog de Deportes en los Premios20Blogs, el concurso
que organiza el diario 20 minutos y en el que Cronómetro de Récords participa
desde la segunda edición. En la cuarta y en la sexta acabó tercero, mientras
que en la quinta alcanzó el segundo lugar. El sueño en la edición presente, la
séptima, es el de lograr ese primer puesto. De vosotros, queridos lectores,
puede depender llegar a esa meta. Si queréis poner vuestro granito de arena
aquí tenéis las instrucciones de un proceso que apenas os robará un par de
minutos:
2. Ir a “Regístrate” (arriba a
la derecha) y registraros (sólo hay falta poner un nombre de usuario, la
contraseña que quieras, el correo electrónico, aceptar las condiciones y decir
que no a las tres cosas que os comenta al final, básicamente para que no os
envíen spam).
3. Después recibiréis un
correo electrónico donde tendréis que clicar en el primer enlace para validar
el registro.
4. Y por último vais a esta
dirección http://lablogoteca.20minutos.es/cronometro-de-records-3914/0/ Una vez en
la ficha del blog sólo tenéis que darle a votar (cuadro azul).
Muchas gracias a todos, porque
sin vuestro apoyo Cronómetro de Récords ni tendría sentido ni sería posible.
El centrocampista del
Barça y la selección, escogido mejor jugador de la UEFA por delante
de Messi y Cristiano Ronaldo
Iniesta sostiene el trofeo que le acredita como mejor jugador de la UEFA de la temporada pasada - EFE.
No creo en los premios desde que uno de los ganadores del concurso literario de mi colegio utilizase una fábula de Esopo como relato propio. Tampoco me seduce que los autores (re)conocidos suelan llevarse los premios de más pedigrí aunque presenten sus novelas bajo seudónimo ni que en el Príncipe de Asturias de los Deportes se nomine a deportistas o entidades que hacen cosas muy diferentes y no son comparables. También son ambiguos los reconocimientos en el fútbol, pues suelen premiar al goleador. El gol se impone a los cimientos del edificio, luce más la definición y el punto final, la foto, que quienes hacen posible ese instante mágico. Así que en el premio de la UEFA al mejor futbolista de la pasada temporada la cosa parecía estar entre Leo Messi y Cristiano Ronaldo, protagonistas de un duelo estadístico sin precedentes: en su haber, 73 y 60 goles, respectivamente. Ambos llenan unas portadas que serían imposibles sin otros jugadores menos mediáticos –y cuya función no es marcar–, como Iker Casillas, Víctor Valdés, Xavi Hernández o Andrés Iniesta, finalmente, el merecido ganador del premio, el mejor de la Eurocopa.
Sólo dos votos separaron de Messi y Cristiano Ronaldo a este futbolista cercano al seguidor, creíble a más poder. Si Iniesta se cae al suelo no se duda de si ha hecho teatro o no, pues es tan transparente como su color de la piel. O como su juego, tan brillante con balón como sin él. Iniesta no tiene dobles interpretaciones y es fácil sentirse identificado por su timidez y sencillez. Cuando recibió el premio se quedó parado, como si no supiese cómo reaccionar ante los focos, que no le gustan. Él prefiere la discreción, no le gusta destacar: sería como el estudiante que pregunta al profesor después de clase por no interrumpir al resto con sus inquietudes.
En su primera frase Iniesta dijo estar “feliz y contento” y felicitó a Messi y Cristiano. En la siguiente ya repartió, simbólicamente, un pedazo de ese trofeo en forma de camiseta que se parece a un corazón entre sus compañeros, porque “sin ellos un ganador individual no tiene sentido”. Ha seducido por simplificar lo inimaginable y hacer minúsculo su ego para engrandecer a sus equipos. El Barça y la selección viven el momento más dulce de su historia gracias a los caramelos de Iniesta, a ese tipo generoso y honrado que ha unido a aficiones rivales, que le tratan con cariño en todos los campos de la Liga, a ese tipo que provoca ternura, respeto y admiración, y es creíble a más no poder.
“¡Pochettino, dales caña!”, grita, divertido, un aficionado del Espanyol mientras se saca de la mochila una gran bolsa de palomitas. De pelo en crisis y con el cigarro siempre cerca de la boca, el seguidor no se contiene, a pesar de que no está en la grada, sino en la tribuna de prensa del Estadi Cornellà-El Prat, donde la zona de periodistas no está resguardada y a otra altura como sucede en el Camp Nou. El tipo se vuelve loco con el único gol –golazo, perdón– del partido, de Javi Márquez en el primer minuto (1-0 al Málaga, para acostarse en la cuarta posición) y a partir no para de hacer comentarios a sus acompañantes y justifica el que va a ser su comportamiento todo el partido: “¡Que soy de…!”. Los puntos suspensivos corresponden al nombre de un medio de internet. Así que el hombre, sea licenciado o no, ejerce de periodista o colaborador, pero no apunta nada. Sólo corrige y filosofa, que no es poco: “Estos partidos que empiezan tan bien a veces se te complican”. Su vecino le da la razón, sobre todo después de ver a Osvaldo, el mejor delantero del Espanyol en mucho tiempo, picarla con poco acierto ante Arnau tras una jugada con eslalon incluido. “¡Ui!”, lamenta el espontáneo cuando Osvaldo también falla desde fuera del área en unos primeros minutos de fútbol de pases imprecisos e indecisos, faltas tácticas y bostezo general. Tan sólo alguna jugada brillante, como una de Luis García, Callejón y Javi López, todos al primer toque, y a la que no llega el delantero desesperado por muy poco.
“Se ve que al descanso el Papa dará el saque de honor”, bromea el espontáneo, que como gran parte del público ha cantado como gol un tiro de Callejón que dio en la red por fuera. Nuestro hombre no está satisfecho con el rendimiento de Luis García –“¡ahí tenía que haber saltao!” y su vecino de pupitre, más analítico y más discreto en el tono de su voz, va más allá: “Con 30 ya le quedan dos días, le falta chispa”. Algunos periodistas, como el de enfrente, aprovechan para poner la contraseña en el programa de edición, pero no escribe nada. Celoso, baja la pantalla del ordenador, como si otro compañero pudiese extraer alguna idea de una página maquetada sin frases. Mejor será el ritual, en cuanto el árbitro pita el final de la primera parte, de otra colega de profesión mientras se dispone a escribir en su minúsculo ordenador: se coloca la chaqueta, se toca las manos, da palmas en las piernas, repasa la hora en el móvil, toca la computadora, se muerde las uñas, piensa y… empieza. El compañero que escondía la pantalla ya le saca cinco o seis líneas de ventaja, corresponden al segundo párrafo de la crónica del partido. El inicio, de momento, es un Xxxx. El periodista se pregunta en el texto si el Espanyol se arrepentiría después de haber perdonado tanto.
La crueldad de los publicistas
En las pantallas del estadio se anuncia un concierto solidario, la huelga de los trabajadores de FFC (Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya) con un mensaje de disculpa por las posibles molestias ocasionadas a los espectadores, pues la protesta empezará a las doce de la noche, menos de un cuarto de hora después del final del partido. Hay quien pita el anuncio, aunque para pitos los que se oyeron cuando por megafonía pidieron al público que dejase de utilizar silbatos. Surgieron más que nunca. Hay cosas que no cambian, como otro spot de bebida refrescante basado en el sonido del gas cuando se abre la botella, más grande, en plano detalle, de lo habitual. Los publicistas son crueles.
Deseos en voz alta
“¡Fuera de juego! ¡Reglamento!”, vuelve a soltarse el aficionado que ejerce de periodista, que desea (en voz alta, claro) que salga Sergio García y haga tres goles. El jugador sale por otro García, Luis, pero lo primero que hace es una falta. El partido se convierte en un ejercicio impreciso y dubitativo del Espanyol, con Dídac loco con Eliseu y un palo en los últimos minutos de Quincy. Impreciso, lento e incapaz de encadenar pases seguidos, el Espanyol se descompone en la reanudación ante un Málaga inocente en sus acometidas y que no consigue marcar. El espontáneo argumenta que es el típico partido que el Espanyol perderá si la gente (como él no deja de hacer) no anima. Eliseu hace un centro-chut defectuoso. Carlos Kameni es el único jugador local que ha dado seguridad siempre y así lo dice nuestro protagonista, que se ha cambiado de sitio para no ser gafe. Se despide de su vecino y casi del estadio, que dos segundos contados antes de que el colegiado pitase el final cantó por única vez el “¡A por ellos oé!
Sufrimiento y pasiones
El seguidor-periodista no fue a la rueda de prensa, donde se suelen hacer, en general y en el fútbol en particular, preguntas recurrentes. Si al delantero de turno le está costando marcar últimamente o no lo consigue desde hace jornadas, se le pregunta al entrenador si el jugador tiene ansiedad por el gol. En un 99% de los casos el entrenador viene a concretar lo que dijo Mauricio Pochettino tras el Espanyol-Málaga: que Osvaldo volverá a marcar porque es su oficio y que se habla demasiado de ese aspecto, recordando, sin dar nombres, que hace pocos días se hablaba de la ineficacia de algún ariete (David Villa, por ejemplo) y que acabó marcando dos goles de golpe. En una rueda de prensa también se repiten cuestiones históricas, como las que se refieren al proceder del equipo. Ya se sabe, el seguidor perico suele sufrir más de la cuenta y para ver cómo su equipo vencía al Málaga por 1-0 con un gol –golazo, perdón– en el primer minuto tuvo que sufrir lo indecible en la segunda parte. Cuando a Pochettino le preguntaron si el sufrimiento, el agarrar los puntos con tantos titubeos, formaba parte del ADN del conjunto blanquiazul desgranó una reflexión interesante: “Si en el fútbol no hay sufrimiento, no hay sentimientos”. Y continuó recordando que en la Liga española la diferencia entre los equipos –exceptuando los intocables Barça y Madrid– es mínima y que tenía mucho mérito haber vencido con un equipo muy joven a un rival que había sacado todos sus puntos fuera de casa.
Pochettino acusó la horrenda segunda parte al despliegue físico y mental de la primera. Y nadie le cuestionó si se había equivocado. Había prisa por acabar, recoger los bártulos y llegar a casa, pues Rafa Gil, entrenador por un día del Málaga, tampoco se había extendido mucho más y ambos habían salido casi a la par. Un comportamiento lógico para un encuentro con horario para vampiros. Las diez de la noche es tarde aunque sea sábado.
Rossi, sentado junto a su Yamaha tras su famosa victoria en Welkom.
No se sentía valorado ni tampoco estaba cómodo en Honda. Necesitaba un reto lo suficientemente osado y “lo más loco y difícil posible” para continuar con su carrera. Por eso Valentino Rossi (Urbino, 1979) decidió embarcarse en el proyecto que le ofrecía Yamaha. Era el verano de 2003 e Il Dottore, camino de su quinto título mundial y de vacaciones en Ibiza, apostaba por empezar de cero con una moto a años luz de las mejores y después de desestimar una oferta menos arriesgada, la de Ducati. El anuncio de la decisión de Rossi hizo que todos aquellos que decían que ganaba porque pilotaba la mejor moto se frotaran las manos, las que se llevaron a la cabeza meses después cuando Il Dottore se estrenó en el Mundial con una histórica victoria en Welkom (Sudáfrica). Un triunfo resuelto tras una fabulosa batalla con Max Biaggi, su ídolo, a dos décimas: “El público se habrá divertido. Hemos logrado un éxito que nadie se esperaba”. Rossi había cambiado la historia y sobre todo había demostrado que el piloto era más importante que la máquina. La relación con Yamaha se formalizó verbalmente en una reunión clandestina en la Clínica Móvil de Brno. Siete años después y tras cuatro mundiales con la marca, la República Checa también fue el escenario de otro momento decisivo para Il Dottore. En un cruce de comunicados del piloto, Yamaha y Ducati se confirmó un secreto a voces: Rossi correrá las dos próximas temporadas en la firma italiana, donde será el líder tras la marcha de Casey Stoner a Honda. “Ya no soy fundamental en Yamaha”, dijo cortés y mordiéndose la lengua, pensando en Jorge Lorenzo, el único compañero que ha sido rival real, un enorme oponente en 2009 y líder sólido este curso, el único en el que el italiano se ha perdido carreras por lesión.
¿Se equivoca Yamaha dejando escapar a Rossi? Para empezar, el nonacampeón del mundo forzó la situación poniéndoles en un dilema: Jorge o él, pero nunca los dos. En 2007 Rossi ya había intentado vetar al balear como consiguió tiempo antes con Stoner. Il Dottore prefiere un compañero inofensivo y servicial como lo fue Colin Edwards y no soportaba que Lorenzo le cuestionase su jerarquía en la pista y ante los medios de comunicación. Puso un muro en el box de Yamaha para que el equipo de Lorenzo no se beneficiase de sus mejoras, exigió utilizar Bridgestone –el balear siguió con Michelin en su primera temporada, la última con dos marcas de gomas– e intentó desestabilizar a su compañero como había logrado con Sete Gibernau o Biaggi. Y, pues, ¿se equivoca Yamaha? La decisión responde a una cuestión de números y de previsión. Manteniendo a Lorenzo se ahorrará más dinero (Rossi cobra 14 millones por temporada y Lorenzo, de momento, cuatro) y se asegurará, teóricamente, más años en óptimo rendimiento, pues Giorgio tiene 23 y Rossi, 31. Según publica La Gazzetta dello Sport, Lorenzo podría ver aumentado las cifras de su contrato hasta los diez millones anuales si renueva.
Rossi se siente como un amante despechado, en cierta forma traicionado y maltratado por el equipo que él –y su grupo de trabajo– llevó a lo más alto. Aunque como buen estratega -lo ha sido siempre- utiliza un discurso amable y calculado porque quiere que Yamaha le permita probar la Desmosedici en noviembre en Valencia, coincidiendo con el final de la temporada. Il Dottore también pretende probar unas piezas de la Yamaha del año que viene, algo que, de momento, se le ha negado.
“Lorenzo se está mereciendo el título a lo grande”, ha llegado a reconocer Rossi, frustrado de haberse caído en Mugello, a escasos kilómetros de su casa, desde donde vio la carrera y cómo su compañero le dedicaba la segunda plaza poniéndose una camiseta con el 46 en su honor. Un gesto que Il Dottore se tomó más a pitorreo que a modo de tributo. No son amigos. Siempre vio a Giorgio como alguien dispuesto a ocupar su puesto, mientras que Lorenzo siempre vio a Rossi como un referente al que acabar superando, aunque si sigue en Yamaha tratará mejor a su nuevo compañero, probablemente el novato Ben Spies. Ya ha dicho que eliminará el muro en el box.
De su puño y letra y con tachones. Así se expresó Rossi por primera vez sobre su futuro y así acababa su escrito: “Desafortunadamente, incluso las historias de amor más bellas llegan a su fin, pero dejan un montón de recuerdos maravillosos, como cuando mi M1 y yo nos besamos por primera vez en la hierba de Welkom. Me miró fijamente a los ojos y me dijo ‘¡Te amo!’”. Rossi sueña con otra imagen así, con demostrar que puede mejorar tanto la Ducati –sin victorias este año– como para estrenarse con otra memorable victoria. “Quizás sea más fácil en 2012, cuando todos empecemos de cero con las motos de 1000cc, aunque, para ser honrados, aún tengo que probar la Ducati”. Recordar que el hombre es más importante que la máquina es de nuevo su reto. Aunque el principal, por cuestiones de orgullo, amor propio y rol de mito, es que continúa siendo el mejor, a pesar de la eclosión de Lorenzo.
Cristiano Ronaldo el día de su debut con el Madrid, en Irlanda -AFP.
El culto al marketing y la búsqueda incansable de nuevos patrocinadores han convertido al jugador de fútbol en un pluriempleado que debe ser rentable dentro del terreno de juego y, cada vez más, fuera de él. El fútbol se pervirtió en cuanto personalizó las camisetas y el seguidor empezó a poder llevar orgulloso el 4 o el 9 en su espalda y con todas sus letras: Guardiola o Zamorano. En las giras veraniegas por Asia o Estados Unidos se exige la aparición de tal o tal otro jugador por decreto y contrato, como ocurrió con Messi en Seúl. Es cierto que triunfan el juego colectivo y el mimo por la pelota de la selección española y del Barça, pero los primeros planos se centran más en la reacción, el gesto, la protesta o incluso el tic del jugador. “Los seguimientos potencian al individuo”, reflexiona Jorge Valdano, director ejecutivo del Real Madrid, y un partido se convierte, a la mínima oportunidad que concede el juego, en un carrusel de planos con los el enfocado se expone, además de a ser evaluado como profesional, a ser analizado como persona. Como si la imagen pública o lo que llega al receptor tuviese algo que ver lo real, por mucho que los asesores de imagen se esmeren en dar consejos a sus clientes para que refuercen virtudes y oculten defectos, para que tengan más seguridad o que al menos la transmitan o empaticen más con el receptor. Valores básicos en el político –un porcentaje de votos demasiado elevado sale de la afinidad personal y no del programa del partido– y cada vez más en el deportista. En la actualidad no hay futbolista más enfocado, analizado, idolatrado y criticado que Cristiano Ronaldo (Funchal, Madeira, 1985).
“Cristiano es un modelo social y publicitario. Un prisma mediático mundial”, retoma Valdano. Algunos ven al nuevo 7 del Madrid tras la marcha de Raúl al Schalke 04 como un líder inconformista que se desespera cuando no le saben bien las cosas a él y al equipo. Así interpretan unos su cara de desesperación tras fallar una jugada o recibir una patada como un gesto de ganador, mientras el resto lo ve como un deje de mal perdedor o niño malcriado. El propio Cristiano se defiende asegurando que en un terreno de juego nunca está enfadado, sino que se divierte y que se siente un niño para poder renovarse y mejorar continuamente. Ahí se descubre uno de los valores del futbolista: su profesionalidad extrema. Balón y Pelota de Oro en 2008, CR7 hace trabajo extra: es el primero en llegar y el último en irse.
En su etapa en Manchester tenía aburridos a los utilleros del equipo porque no quería irse a casa, intentando mejorar las faltas, tan pulcro con los detalles de su oficio como preocupado por la estética. De ahí –es innegable– que parezca recrearse cuando le enfocan las cámaras. Se gusta tanto como juega sin miedo. Asegura que para él regatear no es menospreciar al adversario, sino desafiarle. Le atrae el reto y ganar. No soporta perder ni al billar. “Siempre te pide la revancha”, concede su compañero Pepe en el Madrid. Con el tiempo, y gracias especialmente a Alex Ferguson, Cristiano aprendió a aparcar su individualismo y a madurar, pues su amor propio mal entendido le perdía demasiado. Nada más llegar a la escuela del Sporting de Lisboa amenazó a una profesora con una silla porque los compañeros se reía de su acento. Sólo alguien con carácter y seguro de sí mismo aguantaría los improperios que le soltaron en Inglaterra después de que participase en la expulsión de Rooney en el Mundial de Alemania y marcase el penalti decisivo de la eliminación. Pasó a ser enemigo público, pero acabó completando su mejor temporada hasta entonces. Las apariciones de Cristiano en los tabloides británicos en su periplo en Manchester distorsionaron la imagen del jugador. Ahora en Madrid es menos perseguido por la prensa rosa, pero se le saca punta a su amistad con Paris Hilton o a sus extravagancias, como aparecer un día con las uñas de los pies pintadas. Cristiano y todo lo que lleva detrás –su represente Jorge Mendes al frente– no puede huir del personaje que se le ha creado. La cámara se recrea en su figura culpida en el gimnasio y no se repara –o no lo suficiente– en su profesionalidad. Cristiano se toma su oficio con más seriedad que la mayoría de sus compañeros de gremio y nunca programa dos actos en un día fuera del fútbol, su prioridad, sólo por debajo de familia, pareja y amigos íntimos. De CR7 se muestra más que se escribe.
Su primera biografía en castellano es Cristiano Ronaldo. Sueños cumplidos (Enrique Ortego, Editorial Everest, 192 pág.). Un relato autorizado y, como tal, despende un aroma educado, comprensivo y aseado hacia el protagonista. El libro se pierde en algunos detalles excesivos –como explicar cómo se viste el jugador antes de su presentación multitudinaria en el Bernabéu–, descubre detalles simpáticos –como cuándo firmó sus primeros autógrafos como madridista– y zanja en dos medias páginas la segunda y la tercera temporada del jugador en el Manchester, en la que sólo ganó la Copa de la Liga. Tampoco se entiende por qué Forlán o Piqué, que hablan de su experiencia con Cristiano en Inglaterra, no aparezcan como jugadores del Atlético y del Barça, respectivamente, sino como ex compañeros.
Cristiano Ronaldo. Sueños cumplidos se adentra en anécdotas y experiencias del jugador que le separan de la imagen que se refleja de él. Se acerca a su lado más humano con un estilo ágil, amplias descripciones y frases cortas, directas. Publicado en papel de fotografía, el libro es también fiel a la imagen, pues hay más fotografías (200) que páginas. Con lo que queda bien claro que Cristiano es un profesional extremo engullido por la imagen. Y eso, difícilmente, cambie nunca.
La gran mayoría de ideas pasan por ser una copia exacta o con otras palabras de lo que se dijo hace siglos, años, meses o días. Incluso a veces creemos aportar algo nuevo sin reparar a que lo vimos en algún sitio. Ser original, tener un estilo y un sello propios es casi una profesión aparte, una cualidad rara y poco usual, especialmente en un mundo tan atosigado de tópicos y términos bélicos como el periodismo deportivo. Andrés Montes (Madrid, 1956-2009) defendía su propia marca, una manera de narrar los partidos que podía gustarte o no, pero que no podías cuestionar que fuese original y diferente. Montes era lo más parecido a un speaker reconvertido a locutor que explica las jugadas, pero que también bautiza a sus protagonistas. A Pau Gasol le llamaba ET porque le parecía un auténtico extraterrestre, a Felipe Reyes, Espartaco –“tiene un par de…”–, a Xavi Hernández como Humphrey Borgart por su precisión y elegancia.
Pese a una tener una larga trayectoria en radio (Cadena COPE, Radio MarcayAntena 3 Radio junto con José María García, entre otros) y ser el icono de la NBA en Canal + junto con Antoni Daimiel y Santiago Segurota, Montes no se hizo realmente popular hasta su fichaje por La Sexta en 2006. Con el Mundial de Alemania de 2006 se convirtió en el personaje del momento. “Yo veía los partidos por Montes. Me daba igual qué equipos jugasen. Los vi casi todos por él”, me dijo en su momento un amigo. Montes llegó a ser más trascendente que el propio evento. Mucha gente estaba más pendiente de sus digresiones con Julito Salinas que de quién llevaba la pelota o quién acaba de chutar a portería.
El baloncesto
Por una vez el locutor pasó generar más interés que los propios protagonistas. Pero el fútbol no era el deporte de Montes, aunque empezase su prolífica carrera retransmitiendo partidos de la disciplina más universal. Montes amaba al baloncesto y el baloncesto le amaba a él. En la Sexta narró el oro de la selección en el Mundial de Japón, la plata del Eurobásket de España –por cuestiones promocionales lo primero que dijo tras la derrota con Rusia fue una alusión a un conocido champú anticaspa– y el reciente oro en el Europeo de Polonia, el pasado 20 de septiembre. Ésa fue su despedida anticipada ante sus seguidores: “Me despido de todos ustedes. Ésta es mi última retransmisión con la Sexta y les voy a decir lo mismo que les dije tres años y pico cuando llegué a esta cadena, ‘La vida es maravillosa’. Un saludo, amigos”.
Su cabeza rapada, su colección de pajaritas y los cariñosos apodos a algunos de los protagonistas en la cancha se colaron en los comedores a oscuras de aquéllos que sacrificaban horas de sueño para escucharle y seguir la NBA en Canal +, algo que no pudimos hacer los que nunca fuimos abonados. Tanto en el colegio como en el instituto tuve compañeros que eran auténticos fans de Montes, al que vi por primera vez en un All Star. Me pareció un tipo exagerado, probablemente porque me había hecho una imagen de él que no se correspondía a la real. Es lo que tiene cometer la imprudencia de hacer quinielas sobre cómo es la gente. No tuve el placer de conocerle, pero no cabe duda de que tenía discurso y sello propios. Algo a lo que tendríamos que aspirar tanto los periodistas como el resto del mundo. Hasta siempre, Andrés.
Los premios, tanto individuales como colectivos, son siempre subjetivos, pues el concepto de justicia tiene lagunas insalvables en el mismo momento en el que un culpable es declarado inocente en un juicio. No existe un baremo de meritocracia o un certificado de calidad para ser justos repartiendo un galardón. No es algo tan específico como las infracciones que hacen perder puntos en el carné de conducir. Sólo premios como el Pichichi, que premia al máximo goleador de la Liga de fútbol, o el Zamora, al portero que menos goles recibe, se dan sin discusión: las estadísticas demuestran que han sido los más regulares y constantes. En ese grupo entra Yelena Isinbayeva (Volgogrado, Rusia, 1982), que acaba de ser nombrada Premio Príncipe de Asturias de los Deportes 2009. Es la mejor pertiguista de la historia y ha conseguido 27 récords mundiales (uno por cada cumpleaños). Desde el primero (4’82 metros en Gateshead, 2003) al último (5’06 en Zúrich, el pasado 28 de agosto) Isinbayeva ha logrado, entre otros, dos oros olímpicos (Atenas 2004 y Pekín 2008) y dos Mundiales (Helsinki 2005 y Osaka 2997), además de haber sido premiada como Mejor Atleta del Año por la IAAF en 2004, 2005 y 2008, y de tener dos Laureus. “Tiene un espíritu encomiable”, destacó el jurado, que recordó que la atleta rusa logró su último récord en Suiza días después de haber perdido la final del Mundial de Berlín, en la que hizo tres nulos y se confió.
El mérito de Isinbayeva no son únicamente sus récords, sino la actitud de competir contra sí misma. Desde su bronce en el Mundial de París (2003) no tuvo rivales, compitió contra ella misma y sus marcas. Hasta este año, cuando Anna Rogowska la superó en Londres y en Berlín. “Era necesario reparar mi cerebro para ver el deporte por la otra cara, porque cuando estás siempre en la cima, es difícil de analizar. Por eso digo que la derrota fue muy útil para mí”, reflexionó Isinbayeva, que merece del Príncipe de Asturias para los Deportes 2009. Por mucho que la decisión haya sido ciertamente impopular. Se veía con mejores ojos que ganase Marta Domínguez (oro en 3.000 metros obstáculos en Berlín), Gemma Mengual o el equipo de natación sincronizada o incluso Pau Gasol por su trayectoria y ser el primer español en ganar el anillo. Todos eran dignos candidatos a ganar el galardón, pero todos eran próximos. ¿Es un premio en el que se antepone la proximidad? En su momento así fue, como cuando Arantxa Sánchez-Vicario fue premiada en 1998 antes que Steffi Graf (1999), Fernando Alonso lo ganó sin ser campeón matemáticamente de la Fórmula 1 en 2005 y antes que Michael Schumacher(2007) o Rafa Nadal (2008), en detrimento de Roger Federer, Andre Agassi o Pete Sampras, que no lo han recibido.
Para no generar controversias el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes podría repartirse por disciplinas o premiar a un colectivo. Suena injusto que Mengual ganase un título individual y no hubiese un reconocimiento para su entrenadora (Anna Tarrés) y para cada una de las compañeras que ha tenido (¿quién conoce o se acuerda de Paola Tirados?). Entre los premiados no hay ningún nadador y motociclista y si, pongamos el caso, Jorge Lorenzo gana este Mundial de MotoGP sería merecedor del premio, pero chirriaría que lo recibiese antes que el mejor de la historia, Valentino Rossi, o que el mejor español, Ángel Nieto.
Si se apuesta por la proximidad Sheila Herrero, probablemente la campeona española más desconocida pese a sus 15 títulos y cuatro récords del mundo en patinaje. Si se prefiere la actualidad, lo más coherente era premiar a Michael Phelps (ocho oros en Pekín) o a Usain Bolt, que en los últimos 15 meses ha logrado cuatro récords del mundo en 100 metros y 200 metros. El atleta jamaicano fue descartado de la criba final por no poder asistir a la ceremonia de entrega el próximo octubre. ¿El premio depende de una foto en directo? La organización no quiso que se repitiera lo sucedido con Carl Lewis y Lance Armstrong.
Como en cualquier condecoración la resolución del Premio Príncipe de Asturias de los Deportes no gustará a todos. ¿Debe premiar el pasado o el presente? Es un permio joven (nació en 1987) y tiene demasiadas deudas que saldar. Sea como sea Isinbayeva lo merece, por su insistencia en el tartán y como candidata. Año tras año estaba en la pomada.
Laporta y Ricky sostienen la nueva camiseta del jugador -EFE.
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Según la carrera que escojas acabarás oyendo una colección u otra de tecnicismos y palabras de referencia en dicho oficio o profesión, así como una serie de proclamaciones incuestionables a las que alguien llegó a la conclusión un día y que, por respeto, vagancia o falta de argumentos, nadie ha conseguido cuestionar. En periodismo los profesores se encargan de desmontar la idea utópica que tienes del mundo y de quien informa. Te explican que de un accidente habrá tantas versiones como testimonios y que, por tanto, ni la objetividad ni la imparcialidad existen. Como queda reflejado en Caso Ricky Rubio (El Masnou, Barcelona, 1990), que podría formar parte del temario de alguna asignatura de la licenciatura de periodismo de las próximas generaciones. Representa un ejercicio perfecto para analizar, una a una, las medias verdades de los implicados, quienes, por supuesto, aseguran haber actuado bien. “Me he quitado un peso de encima”, suspiró Ricky, ya enfundado con la que será su próxima camiseta, la azulgrana del Regal Barça, el rival acérrimo del club en el que ha crecido, el DKV Joventut. El CasoRicky Rubio finalizó con el jugador sin moverse de la ACB y rechazando la oferta de Minnesota para irse a la NBA, al fin y al cabo el motivo por el cual empezó este circo, resuelto como el fichaje más caro en el básket europeo con 3’7 millones de euros, 4’2 con impuestos.
Para empezar, Ricky ha acabado firmando por el Barça sin haber dicho nunca públicamente que estaba interesado en jugar en el Palau Blaugrana. En su momento, cuando vio que era inviable ir a la NBA, optó por un comentario más abierto que tan sólo le cerraba una puerta, la del Madrid -Unicaja y Olympiakos también le habían tanteado-. “No quiero moverme de aquí”, dijo el jugador, que está acondicionando la casa de su abuela fallecida en El Masnou. Rechazaba de esta manera la propuesta del conjunto blanco y, particularmente, de Florentino Pérez, quien veía en Ricky el filón necesario para reforzar una sección por la que muchos le acusan de no haberse preocupado mucho en el pasado. “Era la mejor oferta económicamente, pero no personalmente”, justificaría Ricky en su presentación con el Barça.
El apoyo de Navarro
Continuar en Barcelona sólo podía llevar a dos caminos: seguir en la Penya, donde se había formado y con la que debutó en la ACB con 14 años, 11 meses y 24 días o irse al eterno enemigo, el Barça de Juan Carlos Navarro, que estos días tanto le ha apoyado en la concentración de la selección española para el Eurobásket de Polonia. Pero seguir en el Joventut era una posibilidad irreal. Por la propia autoestima del club, que había sido demandado por Ricky antes del draft y que no aceptó las ofertas del agente del jugador para romper el contrato porque no se contemplaba el hecho de quitar la demanda -cosa que finalmente se hizo-. Además, la Penya ya estaba planificando el equipo sin el jugador y había contratado a dos bases de nivel (Valters, del Fuenlabrada, y Mario Fernández, del Gran Canaria).
En su campus de verano, con todo el berenjenal montado, Ricky declaró a TVE que su deseo era continuar en la Penya, pero que si no le querían tendría que buscarse la vida. Traspasaba así la patata caliente al club, que ha sabido quedar bien con los aficionados adelantando antes de la presentación como azulgrana de Ricky que llegaron a aceptar una oferta de Minnesota, pero que el jugador prefirió irse al Barça. Una versión aceptada por el implicado y que teóricamente excluye de culpas a Villacampa, que dice haber hecho un “negocio redondo”.
De correcto a abusivo
El origen de todo el famoso (y aburrido) Caso Ricky Rubio empezó cuando la familia y el jugador firmaron una cláusula excesiva (llegó a ser de seis millones de euros) para el salario a ingresar cada mes. Un desajuste que tampoco pareció un problema para ninguna de las dos partes cuando se rebajó la cifra que le liberaba y se le aumentó la ficha hasta 90.000 euros. Después, con las expectativas de NBA y yendo a varias ciudades para tantear equipos, entre ellos, Sacramento, Oklahoma o New York, las condiciones pactadas pasaron a ser un terrible (e injusto) impedimento y Ricky, aconsejado por su entorno, demandó al club sin aún tener nada en claro. Ahí se cerró la puerta de la Penya y, probablemente, se vio una cara desconocida del chaval, casi siempre comedido en sus palabras, más allá de la rueda de prensa en la que había anunciado que estaba “preparado” para jugar en EE UU. No hace tanto la Penya no le permitía hablar con la prensa para que no se descentrara. Pese a ser el baloncestista más joven en ganar una medalla olímpica (la de plata en los Juegos de Pekín) actuaba con una chulería mínima, la propia de su edad.
El jugador y su entorno no han sabido gestionar bien sus deseos y tampoco se han aclarado en varios momentos del entuerto. Para empezar el anuncio de Ricky de participar en el draft de la NBA llegó en un momento inoportuno, antes de los playoff de la Liga. El base aseguró que estaba preparado para jugar en la NBA, cuando la actualidad marcaba las eliminatorias por el título. A la Penya no le gustaron las formas de Ricky. Aún tenía frescas las que escogió Rudy Fernández para anunciar su decisión de irse a EE UU: una rueda prensa conmovedora con la temporada finalizada, sin intereses deportivo de por medio. El anuncio en sí de Ricky era respetable, pero le sobró eso de que “estaba preparado”, pues no sabía si sería escogido en una posición. Por mucho que durante meses la prensa especializada le asegurase, como mínimo, el número dos. Una posición que le permitiría ir a los Memphis de Marc Gasol, pero que no convencía a Ricky, al que sólo parecía seducir el proyecto de los Kings (puesto 4). Pero el equipo que finalmente le escogió fue Minnesota (número cinco y que también fichó a otro base, John Flynn) y esa misma noche, con la gorra del equipo que le había escogido, Ricky manifestó que no descartaba seguir en Europa. Y aquí seguirá, un año más para beneficio de la ACB, del SuperManager y rabia de más de un aficionado verdinegro. Su retorno a Badalona con al camiseta del Barça, el 7 de febrero de 2010, no será muy cordial.
La sociedad es una recreación continua de situaciones competitivas. En los exámenes se compite por quién explica mejor las cosas, las ha memorizado mejor o es más eficaz aplicando fórmulas interminables. Enchufismo aparte, en la selección de personal son decisivos los currículos, las pruebas y las entrevistas, que clasifican teóricamente a los candidatos según aptitudes y talento. Pero el mundo por excelencia de números, competencia y clasificaciones continúa siendo el deportivo. Para Ayrton Senna sólo importaba ser primero porque, según defendía, el segundo era el primero de los últimos. Una observación que seguramente provocaría una sonrisa en Yauheni Hutarovich (Minsk, Bielorrusia, 1983). “¿Y el último de los últimos?”, preguntaría el corredor del Française des Jeux, que ha sido el peor clasificado el año de su debut en el Tour de Francia. El bielorruso tardó 4 horas 16 minutos y 27 segundos más que Alberto Contador en completar el recorrido y como es tradición se llevó como premio la lanterne rouge (linterna roja, algo así como el farolillo rojo). El Tour es de las pocas pruebas en las que se conoce y se valora la identidad de quien tiene el peor registro. No es moco de pavo acabar una competición de 21 etapas, y el buen humor nunca sobra.
Hutarovich no se tomó mal su puesto e incluso durante la última etapa se le vio bromear con Contador. Una iagen de contrastes extremos, con el campeón y peor clasificado juntos. Para este sprinter bielorruso fue una sorpresa llegar a París como último, pues Kenny Robert van Hummel (Elden, Holanda, 1982) le llegó a sacar casi 45 minutos de ventaja. Hasta que el corredor del Skil-Shimano tuvo que ser evacuado en la 17ª etapa (Bourg Saint Maurice - Le Grand Bornand). Esa tarde Hutarovich recuperó la última plaza, que ya había ocupado tras las dos primeras jornadas. Su mejor recuerdo del Tour son dos etapas decididas al sprint: fuetercero en Saint Fargeau y quinto en los Campos Elíseos. En ambos casos ganó Mark Cavendish, inalcanzable para todos.
Dos triunfos en la Vuelta a Burgos
2009 no está siendo un mal curso para Hutarovich, al que se le dan bastante bien las pruebas cortas. Ha obtenido cinco victorias en ese tipo de competiciones: dos en el Tour del Mediterráneo y una en el Circuito de Lorraine, el Tropical Amissa Borgo y en el campeonato nacional en ruta de Bielorrusia, del que se ha proclamado campeón por segundo año consecutivo. En 2008 Hutarovich destacó especialmente en España y concretamente en la Vuelta a Burgos, en la que se impuso en dos etapas –también ganó una etapa en Flandes Occidental–. En 2007, en su periplo en el Roubaix Lille Metropole, se impuso un día en el Tour de Poitou Charentes, mientras que 2006, con el U.V. Aube,Circuito de Ardennes. obtuvo dos triunfos en el
Retirado el curso pasado y entretenido en la granja familiar, el belga Wim van Vansevenant es quien ha quedado más veces último en el Tour, desde 2006 a 2008. Daniel Masson (1922 y 1923) o Jimmy Casper (2001 y 2004) fueron los peores en dos ocasiones. y cuatro españoles lo han sido una vez: Herrero Berrendero(1960), Fernando Quevedo (1992) y los hermanos Flores, Igor en 2002 e Íker en 2005. Como ya comentamos en los inicios de Cronómetro de Récords, en la web Tour de France. Lanterne Rouge se homenajea a los últimos clasificados de cada edición de la ronda francesa. A los que, como Hutarovich, disfrutan de la gloria al revés.
Como la propia vida, la historia del fútbol está repleta de engaños y amaños. De goles que se celebran en un despacho antes que en el campo, jugadores que se revuelcan por el césped para justificar que el contrario les ha hecho una entrada de expulsión o vitaminas que aumentan la resistencia y minimizan el esfuerzo. Los pactos, las trampas y el dopaje adquieren relevancia en cuanto el fútbol pierde la categoría de puro divertimento y se convierte en negocio absoluto. En el Mundial de Italia 90 Carlos Bilardo, entonces seleccionador argentino, preparó un bidón adulterado para el brasileño Branco. Cuatro años antes Maradona, con su Mano de Dios contra Inglaterra, había despertado tanta admiración por la picardía (guerra de las Malvinas aparte) como rechazo por la estafa. Una jugada que en tiempos de aparatos precisos como el ojo del halcón en tenis sólo sería sancionada en campeonatos como el italiano si quedase impune durante el encuentro: Gilardino fue castigado con dos partidos por marcar con la mano y Adriano tuvo la misma sanción por simular un penalti. El Calcio es también de los pocos que ha perseguido y castigado a los que se dopan. Ninguno de estos sucesos es comparable a la pantomima protagonizada por Roberto Cóndor Rojas (Santiago, Chile, 1957) una noche de 1989. Probablemente representa el mayor fraude de la historia del fútbol profesional.
Apodado Cóndor por su gran capacidad de salto, Roberto Rojas tenía un presente inmejorable: estaba considerado el mejor portero chileno (para muchos el número uno mundial) y su llegada a Europa parecía inminente. Incluso se rumoreó que había firmado un preacuerdo con el Real Madrid. Pero sus expectativas y su carrera (había jugado en Colo-Colo entre 1983 y 1987, con el que ganó dos Ligas y una Copa chilena, y en ese momento defendía la camiseta del Sao Paulo, con el que había levantado dos campeonatos paulistas) acabaron para siempre en Maracaná el 3 de septiembre de 1989, en un Brasil-Chile. El último partido del grupo 3 de la zona sudamericana en el que se decidía cuál de las dos selecciones se clasificaba para el Mundial que Italia organizaba el año siguiente.
Los brasileños, a los que les bastaba un empate para lograr el objetivo, se adelantaron con un tanto de Careca en el minuto 49, pero 20 después lo extradeportivo acabó relativizando la eliminatoria: una aficionada lanzó una bengala desde tribuna. Cuando las cámaras enfocaron la portería chilena Cóndor estaba en el suelo con los guantes en la cara. Se movía de un lado a otro desesperado. La bengala le había herido. El teatro tan sólo acababa de empezar.
'Cóndor', con las manos en la cara: l'a farsa continúa.
Un artilugio de la Marina
Millones de telespectadores de todo el mundo asistieron a la escena: jugadores de los dos equipos rodearon al portero, mientras el árbitro argentino Juan Carlos Loustau prefería mantenerse al margen –“me dio la sensación de que la bengala no había alcanzado a Rojas... Ese día me sentí muy mal, porque siempre había confiado en los jugadores”–. Finalmente los chilenos se llevaron en brazos a los vestuarios a su compañero, que sangraba mucho. Y convencidos por el seleccionador Orlando Aravena, no volvieron a saltar al campo. El encuentro sería suspendido poco después y esa misma noche la Embajada de Brasil en Chile fue apedreada. Las autoridades chilenas pidieron que el encuentro se resolviese en terreno neutral, pero la FIFA dio como vencedores a los brasileños y organizó un juicio en Zúrich, en el que Brasil presentó todo tipo de pruebas que demostraban que la bengala no había alcanzado a Cóndor. Incluso desde la propia empresa fabricante de la bengala, que curiosamente tenía el mismo nombre que el apodo del portero, se especificó que era un artilugio que utiliza la Marina como señalizador que alcanza los 80 metros de altura y que de la cápsula de aluminio que se separa en el aire sólo sale humo y fuego. Roberto Rojas presentaba un corte importante en la cara. No había dudas: era un farsante y fue suspendido para siempre de la práctica del fútbol. Su carrera había terminado y ni tan siquiera se atrevió a ratificar que la bengala le había herido.
Los efectos colaterales fueron duros para Chile, que en el primer informe realizado el día del partido aseguraba que la herida del portero era consecuencia de la bengala. La selección chilena no podría participar en las eliminatorias para el Mundial de 1994. Una de las mejores generaciones de futbolistas perdería una gran oportunidad de hacer historia. Mientras, los presuntos cómplices del complot también fueron castigados individualmente: el técnico Aravena nunca más pudo participar en encuentros internacionales y estuvo inhabilitado durante cinco años en Chile; Fernando Astengo, segundo capitán de la selección, no jugó los cinco cursos siguientes y el médico Dani Rodríguez jamás pudo ejercer en el fútbol por haber falsificado informes; la sanción para el kinesiólogo Alejandro Kock y el utilero Nelson Maldonado fue de un año.
La famosa entrevista publicada en el diario 'La Tercera'.
“Yo me corté en el Maracaná”
En Suiza se supo parte de la verdad, pero aún faltaban la confesión de rigor y las explicaciones de Roberto Rojas, que llegaron, a medias, meses después. “Yo me corté en el Maracaná”, confesaría Cóndor en mayo de 1990 al periodista de La Tercera Orlando Escárate, cansado de que sus ex compañeros le señalaran como único culpable. Según explicó Cóndor entonces tenía un bisturí vendado escondido en los guantes y en cuanto vio la bengala se autolesionó. Dos días antes del partido había pactado con el segundo capitán de Chile, Fernando Astengo, retirarse “a la primera cosa rara que pasara”. “Si le pasaba algo a él, el equipo lo retiraba yo. Si me pasaba a mí, lo hacía él. No teníamos clara la forma en que este acuerdo debía operar”, añadió. Una versión que matizó en 2002 en el programa de TV Testigo ocular: “Nunca tuve un acuerdo con Astengo. Sólo le conversé, porque él parece que no me habló, que si pasaba alguna cosa, había que retirarse. Pero yo le dije que no se preocupara, que yo me preocupaba del asunto...”.
En 1990 Roberto Rojas aseguró que el kinesiólogo Alejandro Kock también había participado en el engaño: “En el vestuario me pasó un bisturí forrado con tela adhesiva del que sólo quedaba un centímetro al descubierto”. Una versión opuesta a la que expuso en Testigo ocular, en el que subrayó que él mismo había pedido el bisturí “a la parte médica del hotel Atlántico Sur, donde estábamos concentrados”. En el programa del Canal 13 el ex portero no mencionó a otro de los implicados, el utilero Nelson Maldonado, de quien dijo que le había guardado los guantes 15 días tas el incidente. “Siempre conoció la verdad, igual que Astengo, así es que no puede declararse ‘engañado’ ahora. Distinto es el caso de Orlando Aravena (el seleccionador). No conocía nuestro acuerdo ni la existencia del bisturí”. Nunca se sabrá toda la verdad, si Cóndor fue premiado por terceros o si el complot se redujo a desbancar a la omnipotente selección brasileña como fuera.
La seguidora que lanzó la bengala posó desnuda en Playboy.
La fama de la aficionada
La bengala perjudicó a la imagen de Chile, sirvió de excusa perfecta para el complot del propio protagonista y acabó por premiar a Rosenery Mello Nascimento Barcelos Da Silva, la joven de 24 años que trabajaba en una compañía eléctrica que lanzó el artilugio. En el documental Informe Especial 1989. Caso Rojas confiesa que compró el artilugio en la entrada de Maracaná y que no tuvo que pagar multas. De hecho, incluso ganó dinero: fue portada del Playboy brasileño y se convirtió en La Fogueteira.
“Tuve problemas en mi casa con mi mujer, mis compañeros me dieron la espalda... pero si yo hubiera sido argentino, uruguayo o brasileño no estaría suspendido. Como soy chileno no me dieron la posibilidad de reivindicarme”, lamentó Cóndor, que fue acogido como entrenador de portero en su equipo de entonces, el Sao Paulo, a quien entrenaría en 2003 y clasificaría para la Libertadores, un hecho que hacía diez años que no ocurría. En 2007 dirigió durante once partidos al Guaraní paraguayo.
“Me corté con una Gillette y la farsa se descubrió. Fue un corte a mi dignidad”, llegó a decir Roberto Rojas. Su error inicial fue pertenecer al gremio de los guardametas, colectivo castigado por los fallos y casi ignorado cuando salva goles. Moacyr Barbosa es el ejemplo llevado al extremo de ese ingrato rol. El primer portero negro de la selección brasileña jamás fue perdonado por encajar los dos goles del uruguayo Ghiggia y perder en casa la final del Mundial de 1950. “En un país sin cadena perpetua sólo yo estoy condenado de por vida”, analizó años después Barbosa, el culpable popular del famoso Maracanazo. A su entierro sólo acudieron 30 personas: ni una vez muerto encontró el perdón. Un perdón que hace cinco años sí obtuvo Cóndor en el partido de despedida del fútbol de su compatriota Iván Zamorano. El Estadio Nacional de Chile le ovacionó cuando el speaker leyó su nombre en el combinado de estrellas mundiales y durante los 20 minutos que jugó. “No lo esperaba… Ni tan siquiera pensaba jugar. Es lo bonito del fútbol. Creo que las cosas positivas en mi carrera son más importantes que las negativas”, dijo emocionado, aparcando por momentos su surrealista actuación en el mismo escenario en el que Barbosa fue condenado para siempre: el Maracaná de Río.